Los salmos cuentan la historia de toda la humanidad desde los orígenes

Toda la Sagrada Escritura respira la bondad de Dios, aunque lo hace sobre todo el dulce libro de los salmos. Pensemos en lo que hizo Moisés. Él describió las hazañas de los antepasados siempre con estilo llano. Hubo circunstancias, sin embargo, en las que sintió la necesidad de elevarse a alturas líricas. Así, cuando en aquel memorable acontecimiento hizo pasar a través del Mar Rojo al pueblo de los padres, viendo al rey Faraón sumergido con su ejército, después de haber cumplido cosas superiores a sus fuerzas, se sintió profundamente inspirado y cantó al Señor un himno triunfal. También María, la profetisa, tomando el címbalo, exhortaba a sus otras compañeras diciendo: «Cantad al Señor porque ha triunfado maravillosamente: ha arrojado al mar caballo y jinete!» (Ex 15, 21).
La historia enseña, la ley instruye, la profecía predice, la corrección castiga, la buena conducta persuade, pero en el libro de los salmos hay como una síntesis de todo esto y como una medicina de la salvación humana. Quienquiera que los lee, encuentra con qué curar las heridas de sus propias pasiones con un remedio especial. Quienquiera que quiera luchar, mire lo que se dice en los salmos y le parecerá encontrarse en la palestra pública de las almas y en el estadio de las virtudes, y se le ofrecerán diversas especies de carreras. Elija entre estas aquella a la que se reconoce más apto, para llegar más fácilmente a la corona del premio.
Si uno ama de repasar e imitar las hazañas de los antepasados, encontrará toda la historia de los padres recogida en un solo salmo, y se procurará con una breve lectura un verdadero tesoro para la memoria. Si otros quiere conocer la fuerza del amor de la ley que toda está en el vínculo del amor, porque «el cumplimiento de la ley es el amor» (Rm 13, 10), lea en los salmos con qué sentimiento de amor uno solo se ha expuesto a graves peligros para rechazar el deshonra de todo un pueblo y en esta triunfal prueba de valor reconocerá una no menor gloria de amor.
¿Y qué diré del carisma profético? Lo que otros han anunciado de manera confusa, solamente a David le aparece prometido con claridad y abiertamente. Oyó, en efecto, que el Señor Jesús nacería de su misma estirpe, como le dijo Dios: «El fruto de tus entrañas pondré en tu trono!» (Sal 131, 11). En los salmos Jesús no solamente es preanunciado en su nacimiento por nosotros, sino que también acepta su pasión, como causa de salvación. Por nosotros muere, resucita, sube al cielo, se sienta a la derecha del Padre. Lo que ningún hombre habría osado jamás decir, lo ha anunciado el salmista profeta y luego lo ha predicado en el evangelio el mismo Señor.

San Ambrosio, obispo