Nadie conoce aquella hora, ni siquiera los ángeles, ni el Hijo (cf. Mt 24, 36). Dijo esto para impedir que los discípulos le interrogaran de nuevo sobre el tiempo de su venida. «No os toca a vosotros», dijo, «conocer los tiempos y los momentos» (Hch 1, 7). Él ocultó la cosa para que estuviéramos vigilantes y cada uno de nosotros creyera que el hecho puede ocurrir en nuestros propios días. Si de hecho hubiera sido revelado el tiempo de su venida, su advenimiento habría quedado sin mordiente, ni su manifestación habría constituido objeto de espera de las naciones y de los siglos. Dijo, por tanto, simplemente que vendría, pero no determinó el tiempo, y así es que en todas las generaciones y en los siglos se mantiene viva la esperanza de su llegada.
Aunque de hecho el Señor haya indicado las señales de su venida, sin embargo no se comprende su última fecha, pues a través de múltiples mutaciones ellas vinieron, pasaron y están aún en acto. Su última venida de hecho es similar a la primera. Como lo esperaban los justos y los profetas, porque pensaban que se revelaría en sus días, así hoy los fieles desean acogerlo, cada uno en su propio tiempo, precisamente porque él no indicó claramente el día de su visita; esto sobre todo para que nadie pensara que estaba sometido a coacción y a tiempos aquel que tiene el libre dominio de los ritmos y de los tiempos. Lo que él mismo ha establecido, ¿cómo podía estarle oculto, desde que él mismo ha manifestado incluso las señales de su venida?
Dijo, pues: «No lo sé», en primer lugar para impedir que lo interrogaran de nuevo, y luego para que resultaran eficaces las señales indicadas. Puso en relieve esas señales para que desde el principio todos los pueblos y todos los tiempos tuvieran motivo de pensar que su venida se podría verificar en sus días.
Vigilad, porque, cuando el cuerpo se adormece, tiene en nosotros el predominio la naturaleza, y nuestra acción no se desarrolla según nuestra voluntad, sino que se cumple según un impulso inconsciente. Y cuando el torpor, es decir, la cobardía y la inquietud, domina el alma, toma dominio sobre ella el enemigo y hace por su medio lo que ella no quiere. Sobre la naturaleza domina una fuerza bruta y sobre el alma domina el enemigo.
Por tanto, la vigilancia de la que habló nuestro Señor está prescrita para ambos: para el cuerpo, para que no se abandone a pesado sueño; para el alma, para que no caiga en el torpor de la pusilanimidad, según lo que dice la Escritura: Estad vigilantes, oh justos (cf. 1 Cor 15, 34), y: Me he levantado y estoy contigo (cf. Sal 138, 18), y aún: No os dejéis fatigar, y por eso no desistamos en el ministerio que nos ha sido confiado (cf. 2 Cor 4, 1).
Del «Comentario sobre el Diatessaron» de San Efrén, diácono
Aunque de hecho el Señor haya indicado las señales de su venida, sin embargo no se comprende su última fecha, pues a través de múltiples mutaciones ellas vinieron, pasaron y están aún en acto. Su última venida de hecho es similar a la primera. Como lo esperaban los justos y los profetas, porque pensaban que se revelaría en sus días, así hoy los fieles desean acogerlo, cada uno en su propio tiempo, precisamente porque él no indicó claramente el día de su visita; esto sobre todo para que nadie pensara que estaba sometido a coacción y a tiempos aquel que tiene el libre dominio de los ritmos y de los tiempos. Lo que él mismo ha establecido, ¿cómo podía estarle oculto, desde que él mismo ha manifestado incluso las señales de su venida?
Dijo, pues: «No lo sé», en primer lugar para impedir que lo interrogaran de nuevo, y luego para que resultaran eficaces las señales indicadas. Puso en relieve esas señales para que desde el principio todos los pueblos y todos los tiempos tuvieran motivo de pensar que su venida se podría verificar en sus días.
Vigilad, porque, cuando el cuerpo se adormece, tiene en nosotros el predominio la naturaleza, y nuestra acción no se desarrolla según nuestra voluntad, sino que se cumple según un impulso inconsciente. Y cuando el torpor, es decir, la cobardía y la inquietud, domina el alma, toma dominio sobre ella el enemigo y hace por su medio lo que ella no quiere. Sobre la naturaleza domina una fuerza bruta y sobre el alma domina el enemigo.
Por tanto, la vigilancia de la que habló nuestro Señor está prescrita para ambos: para el cuerpo, para que no se abandone a pesado sueño; para el alma, para que no caiga en el torpor de la pusilanimidad, según lo que dice la Escritura: Estad vigilantes, oh justos (cf. 1 Cor 15, 34), y: Me he levantado y estoy contigo (cf. Sal 138, 18), y aún: No os dejéis fatigar, y por eso no desistamos en el ministerio que nos ha sido confiado (cf. 2 Cor 4, 1).
Del «Comentario sobre el Diatessaron» de San Efrén, diácono