¿Qué nos ha sido prometido? «Nosotros seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2). El lenguaje se ha expresado lo mejor que ha podido, pero el resto hay que imaginarlo con la mente. En efecto, ¿qué ha revelado el mismo Juan en comparación con Aquel que es, o qué podemos decir nosotros, criaturas que estamos tan lejos de su grandeza?
Volvamos, por tanto, a detenernos en su unción, en esa unción que nos enseña interiormente lo que no somos capaces de expresar con palabras. Y puesto que ahora no podéis tener esta visión, vuestro deber es desearla.
Toda la vida del cristiano ferviente es un santo deseo. Lo que luego desees, aún no lo ves, pero viviendo de santas aspiraciones te haces capaz de ser llenado cuando llegue el tiempo de la visión.
Si tienes que llenar un recipiente y sabes que será muy abundante lo que te será dado, procuras aumentar la capacidad del saco, del odre o de cualquier otro recipiente adoptado. Ampliándolo, lo haces más capaz. De la misma manera actúa Dios.
Haciéndonos esperar, intensifica nuestro deseo; con el deseo dilata el alma y, dilatándola, la hace más capaz.
Procuremos, por tanto, vivir en un clima de deseo, porque hemos de ser llenados. Considerad al apóstol Pablo, que dilata su alma para poder recibir lo que vendrá. Dice, en efecto: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado» (Flp 3, 13).
Entonces, ¿qué haces en esta vida, si no has llegado a la plenitud del deseo? «Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama en la vida eterna, en Cristo Jesús» (Flp 3, 13-14). Pablo ha declarado estar esforzándose por alcanzar lo que está delante y tender a ello plenamente. Era consciente de no ser aún capaz de recibir «aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre» (1 Cor 2, 9).
Nuestra vida es un ejercicio del deseo. El santo deseo será tanto más eficaz cuanto más arranquemos las raíces de la vanidad de nuestros deseos. Ya hemos dicho otras veces que para ser llenados hay que vaciarse primero. Tienes que ser llenado del bien, y por tanto tienes que liberarte del mal. Supón que Dios quiere llenarte de miel. Si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? Hay que liberar el vaso de lo que contenía, o mejor, hay que limpiarlo. Hay que limpiarlo, quizás con esfuerzo y empeño, si es necesario, para que sea apto para recibir algo.
Cuando decimos miel, oro, vino, etc., no hacemos más que referirnos a esa única realidad que queremos enunciar, pero que es indefinible.
Esta realidad se llama Dios. Y cuando decimos Dios, ¿qué queremos expresar? Estas dos sílabas son todo lo que esperamos. Por tanto, cualquier cosa que hayamos sido capaces de explicar está por debajo de la realidad. Esforcémonos por alcanzarlo para que nos llene cuando venga. «Nosotros seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2).
De los «Tratados sobre la primera carta de Juan» de san Agustín, obispo
Volvamos, por tanto, a detenernos en su unción, en esa unción que nos enseña interiormente lo que no somos capaces de expresar con palabras. Y puesto que ahora no podéis tener esta visión, vuestro deber es desearla.
Toda la vida del cristiano ferviente es un santo deseo. Lo que luego desees, aún no lo ves, pero viviendo de santas aspiraciones te haces capaz de ser llenado cuando llegue el tiempo de la visión.
Si tienes que llenar un recipiente y sabes que será muy abundante lo que te será dado, procuras aumentar la capacidad del saco, del odre o de cualquier otro recipiente adoptado. Ampliándolo, lo haces más capaz. De la misma manera actúa Dios.
Haciéndonos esperar, intensifica nuestro deseo; con el deseo dilata el alma y, dilatándola, la hace más capaz.
Procuremos, por tanto, vivir en un clima de deseo, porque hemos de ser llenados. Considerad al apóstol Pablo, que dilata su alma para poder recibir lo que vendrá. Dice, en efecto: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado» (Flp 3, 13).
Entonces, ¿qué haces en esta vida, si no has llegado a la plenitud del deseo? «Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama en la vida eterna, en Cristo Jesús» (Flp 3, 13-14). Pablo ha declarado estar esforzándose por alcanzar lo que está delante y tender a ello plenamente. Era consciente de no ser aún capaz de recibir «aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre» (1 Cor 2, 9).
Nuestra vida es un ejercicio del deseo. El santo deseo será tanto más eficaz cuanto más arranquemos las raíces de la vanidad de nuestros deseos. Ya hemos dicho otras veces que para ser llenados hay que vaciarse primero. Tienes que ser llenado del bien, y por tanto tienes que liberarte del mal. Supón que Dios quiere llenarte de miel. Si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? Hay que liberar el vaso de lo que contenía, o mejor, hay que limpiarlo. Hay que limpiarlo, quizás con esfuerzo y empeño, si es necesario, para que sea apto para recibir algo.
Cuando decimos miel, oro, vino, etc., no hacemos más que referirnos a esa única realidad que queremos enunciar, pero que es indefinible.
Esta realidad se llama Dios. Y cuando decimos Dios, ¿qué queremos expresar? Estas dos sílabas son todo lo que esperamos. Por tanto, cualquier cosa que hayamos sido capaces de explicar está por debajo de la realidad. Esforcémonos por alcanzarlo para que nos llene cuando venga. «Nosotros seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2).
De los «Tratados sobre la primera carta de Juan» de san Agustín, obispo