El reino de Dios, según la palabra de nuestro Señor y Salvador, no viene de manera que llame la atención, y nadie dirá: Aquí está, o allí está; el reino de Dios está en medio de nosotros (cf. Lc 16, 21), porque muy cerca está su palabra en nuestra boca y en nuestro corazón (cf. Rm 10, 8). Por lo tanto, sin duda, el que reza que venga el reino de Dios, reza en realidad que se desarrolle, produzca sus frutos y llegue a su cumplimiento ese reino de Dios que él tiene en sí. Dios reina en el alma de los santos y ellos obedecen a las leyes espirituales de Dios que en ellos habita. Así, el alma del santo se convierte en una ciudad bien gobernada. En el alma de los justos está presente el Padre y con el Padre también Cristo, según aquella afirmación: «Vendremos a él y tomaremos morada junto a él» (Jn 14, 23).
Pero este reino de Dios, que está en nosotros, con nuestro proceder incansable llegará a su cumplimiento, cuando se cumpla lo que afirma el Apóstol de Cristo. Es decir, cuando él, después de haber sometido a todos sus enemigos, entregará el reino a Dios Padre, para que Dios sea todo en todos (cf. 1 Cor 15, 24. 28). Por lo tanto, rezamos sin cansarnos. Hagámoslo con una disposición interior sublimada y como divinizada por la presencia del Verbo. Digamos a nuestro Padre que está en el cielo: «Santificado sea tu nombre; venga tu reino» (Mt 6, 9-10). Recordemos que el reino de Dios no puede armonizar con el reino del pecado, como no hay relación entre la justicia y la iniquidad, ni unión entre la luz y las tinieblas, ni acuerdo entre Cristo y Beliar (cf. 2 Cor 6, 4-15).
Si queremos, pues, que Dios reine en nosotros, de ninguna manera «reine el pecado en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). Mortifiquemos nuestros miembros que pertenecen a la tierra (cf. Col 3, 5). Hagamos frutos en el Espíritu, para que Dios pueda habitar en nosotros como en un paraíso espiritual. Reine en nosotros solo Dios Padre con su Cristo. Esté en nosotros Cristo sentado a la derecha de aquella potencia espiritual que también nosotros deseamos recibir. Permanezca hasta que todos sus enemigos, que se encuentran en nosotros, se conviertan en «escabello de sus pies» (Sal 98, 5), y así sea alejado de nosotros todo su dominio, poder e influencia. Todo esto puede acontecer en cada uno de nosotros. Entonces, al final, «el último enemigo que será destruido será la muerte» (1 Cor 15, 26). Entonces Cristo podrá decir también dentro de nosotros: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 55; cf. Os 13,14). Desde ahora, pues, nuestro «cuerpo corruptible» se revista de santidad e incorruptibilidad; y lo que es mortal eche fuera la muerte, se cubra de la inmortalidad del Padre (cf. 1 Cor 15, 54). Así, reinando Dios en nosotros, podemos ya gozar de los bienes de la regeneración y de la resurrección.
Del opúsculo «La oración» de Orígenes, sacerdote
Pero este reino de Dios, que está en nosotros, con nuestro proceder incansable llegará a su cumplimiento, cuando se cumpla lo que afirma el Apóstol de Cristo. Es decir, cuando él, después de haber sometido a todos sus enemigos, entregará el reino a Dios Padre, para que Dios sea todo en todos (cf. 1 Cor 15, 24. 28). Por lo tanto, rezamos sin cansarnos. Hagámoslo con una disposición interior sublimada y como divinizada por la presencia del Verbo. Digamos a nuestro Padre que está en el cielo: «Santificado sea tu nombre; venga tu reino» (Mt 6, 9-10). Recordemos que el reino de Dios no puede armonizar con el reino del pecado, como no hay relación entre la justicia y la iniquidad, ni unión entre la luz y las tinieblas, ni acuerdo entre Cristo y Beliar (cf. 2 Cor 6, 4-15).
Si queremos, pues, que Dios reine en nosotros, de ninguna manera «reine el pecado en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6, 12). Mortifiquemos nuestros miembros que pertenecen a la tierra (cf. Col 3, 5). Hagamos frutos en el Espíritu, para que Dios pueda habitar en nosotros como en un paraíso espiritual. Reine en nosotros solo Dios Padre con su Cristo. Esté en nosotros Cristo sentado a la derecha de aquella potencia espiritual que también nosotros deseamos recibir. Permanezca hasta que todos sus enemigos, que se encuentran en nosotros, se conviertan en «escabello de sus pies» (Sal 98, 5), y así sea alejado de nosotros todo su dominio, poder e influencia. Todo esto puede acontecer en cada uno de nosotros. Entonces, al final, «el último enemigo que será destruido será la muerte» (1 Cor 15, 26). Entonces Cristo podrá decir también dentro de nosotros: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 55; cf. Os 13,14). Desde ahora, pues, nuestro «cuerpo corruptible» se revista de santidad e incorruptibilidad; y lo que es mortal eche fuera la muerte, se cubra de la inmortalidad del Padre (cf. 1 Cor 15, 54). Así, reinando Dios en nosotros, podemos ya gozar de los bienes de la regeneración y de la resurrección.
Del opúsculo «La oración» de Orígenes, sacerdote