Romualdo, habiendo residido durante tres años en la ciudad de Parenzo, en el primer año fundó un monasterio y le puso un abad con los hermanos; en los otros dos, en cambio, permaneció encerrado y retirado. Allí la gracia de Dios lo llevó a tal altura y grado de perfección que, inspirado por el Espíritu Santo, previó algunas cosas que luego se cumplieron puntualmente y con los rayos de la inteligencia penetró los misterios ocultos del Antiguo y del Nuevo Testamento.
De hecho, a menudo la contemplación de Dios lo rapaba de manera tan intensa que, casi todo disuelto en lágrimas y ardiendo de un ardor inefable de amor a Dios, decía en voz alta: «Querido Jesús, paz de mi corazón, deseo inefable, dulzura y suavidad de los ángeles y de los santos», y otras expresiones similares. Lo que él decía con júbilo bajo la acción del Espíritu Santo, nosotros no somos capaces de expresarlo con palabras humanas, ni siquiera en mínima parte.
Dondequiera que el santo hubiera dispuesto residir, construía primero un oratorio con el altar en una pequeña celda, y luego se encerraba y prohibía a otros entrar. Cambió varias veces de residencia. Al final, sintiendo ya próximo el momento de terminar sus días, volvió al monasterio que había construido en Val di Castro, e allí, esperando sin temor la muerte, decidió construirse una celda con oratorio, en la que permanecer encerrado en silencio, hasta su partida de este mundo.
Edificado, pues, el ermitorio, se disponía a encerrarse, cuando su cuerpo comenzó a declinar rápidamente más por la avanzada vejez que por enfermedad. Las fuerzas se debilitaban y las dolencias se agravaban. En esta condición, una vez al atardecer hizo salir de su celda a los dos hermanos que lo asistían, ordenándoles que cerraran la puerta y que volvieran solo para el Oficio de Maitines al día siguiente. Aquellos, sin embargo, lo complacieron de mala gana, preocupados por su estado alarmante. Pero en vez de alejarse, se apostaron cerca, tendiendo el oído. En un cierto momento, no oyendo ya nada, entraron rápidamente, encendieron la luz y encontraron al santo ya cadáver. Su alma bienaventurada había partido al cielo. Esa joya preciosa, cuyo valor permanecía ignorado por el mundo, era depositada en el tesoro del Sumo Rey.
De hecho, a menudo la contemplación de Dios lo rapaba de manera tan intensa que, casi todo disuelto en lágrimas y ardiendo de un ardor inefable de amor a Dios, decía en voz alta: «Querido Jesús, paz de mi corazón, deseo inefable, dulzura y suavidad de los ángeles y de los santos», y otras expresiones similares. Lo que él decía con júbilo bajo la acción del Espíritu Santo, nosotros no somos capaces de expresarlo con palabras humanas, ni siquiera en mínima parte.
Dondequiera que el santo hubiera dispuesto residir, construía primero un oratorio con el altar en una pequeña celda, y luego se encerraba y prohibía a otros entrar. Cambió varias veces de residencia. Al final, sintiendo ya próximo el momento de terminar sus días, volvió al monasterio que había construido en Val di Castro, e allí, esperando sin temor la muerte, decidió construirse una celda con oratorio, en la que permanecer encerrado en silencio, hasta su partida de este mundo.
Edificado, pues, el ermitorio, se disponía a encerrarse, cuando su cuerpo comenzó a declinar rápidamente más por la avanzada vejez que por enfermedad. Las fuerzas se debilitaban y las dolencias se agravaban. En esta condición, una vez al atardecer hizo salir de su celda a los dos hermanos que lo asistían, ordenándoles que cerraran la puerta y que volvieran solo para el Oficio de Maitines al día siguiente. Aquellos, sin embargo, lo complacieron de mala gana, preocupados por su estado alarmante. Pero en vez de alejarse, se apostaron cerca, tendiendo el oído. En un cierto momento, no oyendo ya nada, entraron rápidamente, encendieron la luz y encontraron al santo ya cadáver. Su alma bienaventurada había partido al cielo. Esa joya preciosa, cuyo valor permanecía ignorado por el mundo, era depositada en el tesoro del Sumo Rey.
De la "Vida de san Romualdo" escrita por san Pedro Damián