Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: «Sígueme» (Mt 9, 9). Vio no tanto con la mirada de los ojos del cuerpo, cuanto con la de la bondad interior. Vio a un publicano y, como lo miró con sentimiento de amor y lo eligió, le dijo: «Sígueme». Le dijo «Sígueme», es decir, imítame. Sígueme, dijo, no tanto con el movimiento de los pies, cuanto con la práctica de la vida. En efecto, «quien dice que permanece en Cristo, debe andar como él anduvo» (1 Jn 2, 6).
«Y él se levantó, continúa, y lo siguió» (Mt 9, 9). No hay que maravillarse de que un publicano, a la primera palabra del Señor, que lo invitaba, hubiera abandonado los gananciales de la tierra que le estaban a corazón y, dejando las riquezas, hubiera aceptado seguir a aquel a quien veía no tener ninguna riqueza. En efecto, el mismo Señor que lo llamó externamente con la palabra, lo instruyó internamente con un impulso invisible a seguirlo. Infundió en su mente la luz de la gracia espiritual con la cual pudiera comprender cómo aquel que en la tierra lo arrancaba a las cosas temporales era capaz de darle en el cielo tesoros incorruptibles.
«Mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa, se acercaron muchos publicanos y pecadores y se sentaron a la mesa con él y con sus discípulos» (Mt 9, 10). He aquí, pues, que la conversión de un solo publicano sirvió de estímulo a la de muchos publicanos y pecadores, y la remisión de sus pecados fue modelo para la de todos ellos. Fue una auténtica y magnífica señal premonitoria de realidades futuras. Aquel que sería apóstol y maestro de la fe atrajo a sí una multitud de pecadores ya desde el primer momento de su conversión. Él comenzó, de inmediato al principio, apenas aprendió los primeros rudimentos de la fe, aquella evangelización que llevaría a cabo de pari passo con el progreso de su santidad. Si deseamos penetrar más a fondo en el significado de lo que ha acontecido, comprenderemos que él no se limitó a ofrecer al Señor un banquete para su cuerpo en su morada material, sino que, con la fe y el amor, le preparó un banquete mucho más agradable en lo íntimo de su corazón. Lo afirma aquel que dice: «He aquí, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré a casa de él y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3, 20).
Le abrimos la puerta para acogerlo cuando, oída su voz, damos de buen grado nuestro asentimiento a sus secretos o manifiestos llamamientos y nos aplicamos con empeño en la tarea que él nos ha encomendado. Entra, pues, a cenar con nosotros y nosotros con él, porque con la gracia de su amor viene a habitar en los corazones de los elegidos, para restaurarlos con la luz de su presencia. Ellos, así, son capaces de avanzar cada vez más en los deseos del cielo. A su vez, él también recibe restauración mediante su amor por las cosas celestiales, como si le ofrecieran manjares exquisitos.
De las «Homilías» de san Beda el Venerable, sacerdote