Tú, Señor, me sacaste de los flancos de mi padre; tú me formaste en el vientre de mi madre; tú me trajiste a la luz, niño desnudo, porque las leyes de nuestra naturaleza obedecen constantemente a tus preceptos. Tú preparaste, con la bendición del Espíritu Santo, mi creación y mi existencia, no según voluntad de hombre o deseo de la carne, sino según tu inefable gracia. Preparaste mi nacimiento con una preparación que trasciende las leyes de nuestra naturaleza, me sacaste a la luz adoptándome como hijo, me inscribiste entre los discípulos de tu santa e inmaculada Iglesia.
Tú me nutriste de leche espiritual, de la leche de tus divinas palabras. Me sustentaste con el sólido alimento del Cuerpo de Jesucristo nuestro Dios, tu Unigénito santísimo, y me embriagaste con la copa divina de su Sangre vivificante, que él derramó por la salvación de todo el mundo.
Todo esto, Señor, porque nos amaste y elegiste como víctima, en nuestro lugar, a tu amado Hijo unigénito para nuestra redención, y él lo aceptó espontáneamente; sin resistir, sino como uno que estaba destinado al sacrificio, cual cordero inocente se dirigió a la muerte por sí mismo, porque, siendo Dios, se hizo hombre y se sometió, de propia voluntad, haciéndose «obediente hasta la muerte y a muerte de cruz» (Flp 2, 8).
Y así, oh Cristo mío Dios, tú te humillaste para tomar sobre tus hombros a mí, oveja perdida, y hacerme pastar en prado verde y nutrirme con las aguas de la recta doctrina por medio de tus pastores, los cuales, nutridos por ti, pudieron luego apacentar tu rebaño elegido y noble. Ahora, oh Señor, tú me has llamado por medio de tu sacerdote a servir a tus discípulos. No sé con qué diseño hayas hecho esto; solo tú lo sabes. Sin embargo, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que he gravemente fallado; limpia mi mente y mi corazón; guíame por el camino recto como una lámpara luminosa; dame una palabra franca cuando abro la boca; doname una lengua clara y ágil por medio de la lengua de fuego de tu Espíritu y tu presencia siempre me asista.
Pásceme, oh Señor, y pásca tú conmigo a los otros, porque mi corazón no me incline ni a la derecha ni a la izquierda, sino que tu buen Espíritu me dirija por el camino recto, porque mis acciones sean según tu voluntad y lo sean verdaderamente hasta el último.
Tú, oh noble vértice de perfecta pureza, oh nobilísima asamblea de la Iglesia, que esperas ayuda de Dios; tú en quien habita Dios, recibe de nosotros la doctrina de la fe inmune de error; con ella se fortalezca la Iglesia, como nos fue transmitido por los Padres.

De la «Declaración de fe» de San Juan Damasceno, doctor de la Iglesia