Vestíos de humildad y renaced en la fe que es la carne del Señor. Renováos en la caridad que es la sangre de Jesucristo. Que nadie tenga algo contra su prójimo. No deis pretexto a los paganos de despreciar a la multitud que vive en Dios, a causa de unos pocos necios. ¡Ay del hombre por culpa del cual mi nombre es despreciado, dice el Señor (cf. Is 52, 5).
Cerrad los oídos cuando alguien os hable de otra cosa que de Jesucristo, de la estirpe de David, hijo de María, que realmente nació, comía y bebía, que fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato, que fue verdaderamente crucificado y murió ante el cielo, la tierra y los infiernos, y que luego realmente resucitó de entre los muertos. El mismo Padre suyo lo resucitó de entre los muertos y hará resucitar de la misma manera en Jesucristo también a nosotros, que creemos en él, fuera del cual no podemos tener la verdadera vida.
Huid, pues, de estas malas plantas. Ellas dan frutos de muerte, y si alguien las prueba, muere al instante. Estas no son plantas del Padre. Si lo fueran, aparecerían como ramas de la cruz y su fruto sería incorruptible.
Cristo os llama a comportaros como sus miembros auténticos, a uniros, es decir, a su pasión mediante el fruto genuino de la cruz, que es la fe sincera. Entonces formaréis una unidad perfecta con él; la cabeza, en efecto, no puede permanecer separada de los miembros. Lo ha revelado el mismo Señor.
Os saludo desde Esmirna, junto con las iglesias de Dios que se encuentran aquí conmigo y me son de gran consuelo, tanto para el cuerpo como para el espíritu. Las cadenas que llevo por todas partes por amor de Jesucristo, mientras pido poder llegar a Dios, os exhortan: Permaneced en la concordia y en la oración común. Es necesario que cada uno de vosotros, y sobre todo los presbíteros, consuelen al obispo en honor del Padre, de Jesucristo y de los apóstoles.
Espéro que queráis leerme con caridad, para que esta carta no se convierta en un testimonio contra vosotros. Y orad por mí, que necesito de vuestra caridad y de la misericordia de Dios para llegar a ser digno de tener parte en la herencia que estoy a punto de alcanzar, y no ser hallado reprobado.
Os saluda también la caridad de los cristianos de Esmirna y de Éfeso. Recordad en vuestras oraciones a la iglesia de Siria, de la cual no soy digno de llevar el nombre, siendo el último de todos. Os saludo en Jesucristo. Estad sometidos al obispo como a la ley de Dios y así también al colegio de los presbíteros. Amaos unos a otros con corazón indiviso.
Mi vida está ofrecida en sacrificio por vosotros, no solamente ahora, sino también cuando haya llegado a Dios. Aún estoy expuesto al peligro, pero el Padre es fiel en Jesucristo y dará cumplimiento a mi oración y a la vuestra. Podáis un día encontraros unidos en él, sin mancha.

De la «Carta a los cristianos de Tralles» de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir