No debemos hacer nuestra voluntad, sino la de Dios. Es una gracia que el Señor nos ha enseñado a pedir cada día en la oración. Pero es una contradicción orar para que se haga la voluntad de Dios, y luego, cuando él nos llama y nos invita a salir de este mundo, mostrarnos reacios a obedecer al mandato de su voluntad! Nos obstinamos y nos echamos atrás como siervos tercos. Nos invade el miedo y el dolor al pensar que debemos comparecer ante el rostro de Dios. Y al final salimos de esta vida no de buen grado, sino porque somos forzados y a la fuerza. ¡Pretendemos más honores y premios de Dios después de haberlo encontrado con tanta mala voluntad!
   Pero entonces, pregunto yo, ¿por qué oramos y pedimos que venga el reino de los cielos, si nos sigue gustando la prisión de la tierra? ¿Por qué con frecuentes súplicas pedimos e imploramos insistentemente que se apresure a venir el tiempo del reino, si luego albergamos en el alma mayores deseos y ansias de servir aquí abajo al diablo en lugar de reinar con Cristo?
   Dado que el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas a quien te odia y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en una de sus cartas, clama para exhortarnos a no amar al mundo, siguiendo los deseos de la carne. «No améis ni al mundo», nos dice, «ni a las cosas del mundo! Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no viene del Padre, sino del mundo.
   Y el mundo pasa con su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre!» (1 Jn 2, 15-17). Antes bien, hermanos carísimos, con mente serena, fe inquebrantable y ánimo grande, estemos dispuestos a hacer la voluntad de Dios. Expulsemos el miedo a la muerte, pensemos en la inmortalidad que ella inaugura. Demostremos con los hechos lo que creemos ser.
   Debemos considerar y pensar a menudo que hemos renunciado al mundo y que, mientras tanto, habitamos aquí abajo solo como huéspedes y peregrinos. Aceptemos con alegría el día que asigna a cada uno de nosotros a nuestra verdadera morada, el día que, después de habernos liberado de estas ataduras del siglo, nos restituye libres al paraíso y al reino eterno. ¿Quién, estando lejos de la patria, no se apresuraría a volver a ella? Nuestra patria no es sino el paraíso. Allí nos espera un gran número de nuestros queridos, nos desean nuestros padres, los hermanos, los hijos en festiva y gozosa compañía, seguros ya de su propia felicidad, pero aún temerosos por nuestra salvación. Verlos, abrazarlos a todos: ¡qué alegría común para ellos y para nosotros! ¡Qué delicia en ese reino celestial no temer ya más la muerte; y qué felicidad vivir en la eternidad!
   Allí está el glorioso coro de los apóstoles, la hueste exultante de los profetas; allí el ejército innumerable de los mártires, coronados de gloria por haber vencido en las luchas y resistido en los tormentos; las vírgenes triunfantes, que vencieron la concupiscencia de la carne y del cuerpo con la virtud de la continencia; allí son recompensados los misericordiosos, que ejercen la beneficencia, alimentando y ayudando de diversas maneras a los pobres, y así observan los preceptos del Señor y, con las riquezas terrenas, se procuran los tesoros celestiales. Aapresurémonos con todo el entusiasmo a alcanzar la compañía de estos bienaventurados. Que Dios vea este nuestro pensamiento; que este propósito de nuestra mente, de nuestra fe, lo contemple Cristo, el cual asignará, en su amor, premios mayores a aquellos que hayan tenido de él un deseo más ardiente.

San Cipriano, obispo y mártir.