A diferencia de los infieles, nosotros los cristianos somos ya luz. Por eso dice el Apóstol: «Si en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; comportaos, pues, como hijos de la luz» (Ef 5, 8). Y en otro lugar dijo: «La noche es avanzada, y el día está cerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas, y revistámonos de las armas de la luz. Conduzcámonos honestamente, como en pleno día» (Rm 13, 12-13).
Ma puesto que, en comparación con aquella luz a la que estamos por llegar, también el día en que nos encontramos es casi noche, escuchemos al apóstol Pedro. Él nos dice que a Cristo Señor, desde la divina majestad, se le dirigió esta palabra: «Tú eres mi Hijo predilecto, en quien me he complacido. Esta voz, continúa, la oímos nosotros descender del cielo, mientras estábamos con él en el monte santo» (2 Pt 1, 17-18). Pero nosotros no estábamos en el monte y no hemos oído esta voz descender del cielo, y por eso el mismo Pedro añade: Tenemos una palabra profética más segura, y bien hacéis en atenderla como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana salga en vuestros corazones (cf. 2 Pt 1, 19).
Cuando, pues, venga nuestro Señor Jesucristo y, como dice el apóstol Pablo, «pondrá a la luz los secretos de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones: entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios» (1 Cor 4, 5).
Entonces, siendo un tal día tan luminoso, no serán ya necesarias las lámparas. No se nos leerá ya al profeta, no se abrirá ya el libro del Apóstol; no iremos ya a buscar el testimonio de Juan, no tendremos ya necesidad del mismo evangelio. Serán, pues, eliminadas todas las Escrituras, que en la noche de este siglo se encendían para nosotros como lámparas, para que no permaneciéramos en las tinieblas.
Eliminadas todas estas cosas, ya que no tendremos ya necesidad de su luz y, habiendo desaparecido también los mismos hombres de Dios que fueron sus ministros, porque también ellos verán con nosotros aquella luz de verdad en toda su claridad, puestos de lado, en fin, todos estos medios auxiliares, ¿qué veremos? ¿De qué se nutrirá nuestra mente? ¿De qué se deleitará nuestra vista? ¿De dónde vendrá aquella alegría que ojo no vio, ni oído oyó, ni entró jamás en corazón de hombre? (cf. 1 Cor 2, 9). ¿Qué veremos?
Os conjuro, amad conmigo, corred conmigo firmes en la fe: anhelemos la patria del cielo, suspiremos por la patria de allá; considérenos como simples peregrinos aquí abajo. ¿Qué veremos entonces? Díganoslo ahora el evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). Vienes a la fuente, de la cual te han llegado pocas gotas de rocío. Verás a plena luz aquella luz, de la cual solo un rayo, por vías indirectas y oblicuas, ha alcanzado tu corazón, aún envuelto en tinieblas y que aún necesita purificación. Entonces podrás verla, aquella luz, y sostener su fulgor.
«Amadísimos, dice el mismo san Juan, nosotros somos ya hijos de Dios, pero lo que habremos de ser no ha sido todavía manifestado. Sabemos, sin embargo, que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es» (1 Jn 3, 2).
Me doy cuenta de que vuestros afectos se elevan conmigo hacia lo alto; pero «un cuerpo corruptible oprime el alma, y la tienda de barro carga la mente con muchos pensamientos» (Sb 9, 15). He aquí que yo estoy por depositar este libro y vosotros por volveros cada uno a su casa. Nos encontramos muy bien bajo esta luz común, hemos gozado verdaderamente de ella, hemos exultado verdaderamente en ella: pero, mientras nos separamos unos de otros, cuidemos bien de no alejarnos de él.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo
Ma puesto que, en comparación con aquella luz a la que estamos por llegar, también el día en que nos encontramos es casi noche, escuchemos al apóstol Pedro. Él nos dice que a Cristo Señor, desde la divina majestad, se le dirigió esta palabra: «Tú eres mi Hijo predilecto, en quien me he complacido. Esta voz, continúa, la oímos nosotros descender del cielo, mientras estábamos con él en el monte santo» (2 Pt 1, 17-18). Pero nosotros no estábamos en el monte y no hemos oído esta voz descender del cielo, y por eso el mismo Pedro añade: Tenemos una palabra profética más segura, y bien hacéis en atenderla como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana salga en vuestros corazones (cf. 2 Pt 1, 19).
Cuando, pues, venga nuestro Señor Jesucristo y, como dice el apóstol Pablo, «pondrá a la luz los secretos de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones: entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios» (1 Cor 4, 5).
Entonces, siendo un tal día tan luminoso, no serán ya necesarias las lámparas. No se nos leerá ya al profeta, no se abrirá ya el libro del Apóstol; no iremos ya a buscar el testimonio de Juan, no tendremos ya necesidad del mismo evangelio. Serán, pues, eliminadas todas las Escrituras, que en la noche de este siglo se encendían para nosotros como lámparas, para que no permaneciéramos en las tinieblas.
Eliminadas todas estas cosas, ya que no tendremos ya necesidad de su luz y, habiendo desaparecido también los mismos hombres de Dios que fueron sus ministros, porque también ellos verán con nosotros aquella luz de verdad en toda su claridad, puestos de lado, en fin, todos estos medios auxiliares, ¿qué veremos? ¿De qué se nutrirá nuestra mente? ¿De qué se deleitará nuestra vista? ¿De dónde vendrá aquella alegría que ojo no vio, ni oído oyó, ni entró jamás en corazón de hombre? (cf. 1 Cor 2, 9). ¿Qué veremos?
Os conjuro, amad conmigo, corred conmigo firmes en la fe: anhelemos la patria del cielo, suspiremos por la patria de allá; considérenos como simples peregrinos aquí abajo. ¿Qué veremos entonces? Díganoslo ahora el evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). Vienes a la fuente, de la cual te han llegado pocas gotas de rocío. Verás a plena luz aquella luz, de la cual solo un rayo, por vías indirectas y oblicuas, ha alcanzado tu corazón, aún envuelto en tinieblas y que aún necesita purificación. Entonces podrás verla, aquella luz, y sostener su fulgor.
«Amadísimos, dice el mismo san Juan, nosotros somos ya hijos de Dios, pero lo que habremos de ser no ha sido todavía manifestado. Sabemos, sin embargo, que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es» (1 Jn 3, 2).
Me doy cuenta de que vuestros afectos se elevan conmigo hacia lo alto; pero «un cuerpo corruptible oprime el alma, y la tienda de barro carga la mente con muchos pensamientos» (Sb 9, 15). He aquí que yo estoy por depositar este libro y vosotros por volveros cada uno a su casa. Nos encontramos muy bien bajo esta luz común, hemos gozado verdaderamente de ella, hemos exultado verdaderamente en ella: pero, mientras nos separamos unos de otros, cuidemos bien de no alejarnos de él.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo