Para sostener la vida espiritual, que tenemos en común con los ángeles del cielo, creados como nosotros a imagen y semejanza de Dios, es ciertamente necesario el pan de la gracia del Espíritu Santo y de la caridad de Dios.
Ma la gracia y la caridad sin la fe no valen nada, porque sin la fe es imposible agradar a Dios. Ni la fe puede desarrollarse sin la predicación de la palabra de Dios: «La fe depende de la predicación, y la predicación a su vez se realiza por la palabra de Cristo» (Rm 10, 17). Por tanto, la predicación de la palabra de Dios es necesaria para la vida espiritual, como la siembra para el sustento de la vida corporal.
Por eso Cristo dice: «El sembrador salió a sembrar su semilla» (Lc 8, 5). El sembrador salió como bandero de la justicia y de ella leemos que en otro tiempo se hizo bandero Dios, como cuando en el desierto dio a todo el pueblo, desde el cielo, a viva voz la ley de la justicia. Otras veces fue un ángel del Señor a reprender, en el lugar de los llorones, al pueblo por la transgresión de la ley divina (cf. Jdc 2, 4-5). Por esto todos los hijos de Israel, oídas las palabras del ángel, arrepentidos de corazón lloraron a desmano con altas voces. También Moisés predicó a todo el pueblo la ley del Señor en las estepas de Moab, como aparece en el Deuteronomio.
En fin, a predicar la palabra de Dios vino Cristo, Dios y hombre, que a tal fin envió a los apóstoles, como antes había enviado a los profetas.
Por eso la predicación es un tarea apostólica, angelical, cristiana, divina. La palabra de Dios es tan rica en todo bien que es como un tesoro de todos los bienes. De ella brotan la fe, la esperanza y la caridad. De ella derivan todas las virtudes, todos los dones del Espíritu Santo, todas las bienaventuranzas evangélicas, todas las obras buenas, todos los méritos de la vida, toda la gloria del paraíso: «Recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que puede salvar vuestras almas» (Gc 1, 21).
En efecto, la palabra del Señor es luz para el intelecto y fuego para la voluntad, para que el hombre pueda conocer y amar a Dios. Para el hombre interior, que por medio de la gracia vive del Espíritu de Dios, es pan y agua, pero pan más dulce que la miel y agua mejor que el vino y la leche. Para el alma es un tesoro espiritual de méritos, por eso se llama oro y piedra muy preciosa. Es, en cambio, un yunque contra un corazón duramente obstinado en los vicios. Es una espada contra la carne, el mundo y el demonio para destruir todo pecado.
De los "Discursos" de san Lorenzo de Brindisi, sacerdote
Ma la gracia y la caridad sin la fe no valen nada, porque sin la fe es imposible agradar a Dios. Ni la fe puede desarrollarse sin la predicación de la palabra de Dios: «La fe depende de la predicación, y la predicación a su vez se realiza por la palabra de Cristo» (Rm 10, 17). Por tanto, la predicación de la palabra de Dios es necesaria para la vida espiritual, como la siembra para el sustento de la vida corporal.
Por eso Cristo dice: «El sembrador salió a sembrar su semilla» (Lc 8, 5). El sembrador salió como bandero de la justicia y de ella leemos que en otro tiempo se hizo bandero Dios, como cuando en el desierto dio a todo el pueblo, desde el cielo, a viva voz la ley de la justicia. Otras veces fue un ángel del Señor a reprender, en el lugar de los llorones, al pueblo por la transgresión de la ley divina (cf. Jdc 2, 4-5). Por esto todos los hijos de Israel, oídas las palabras del ángel, arrepentidos de corazón lloraron a desmano con altas voces. También Moisés predicó a todo el pueblo la ley del Señor en las estepas de Moab, como aparece en el Deuteronomio.
En fin, a predicar la palabra de Dios vino Cristo, Dios y hombre, que a tal fin envió a los apóstoles, como antes había enviado a los profetas.
Por eso la predicación es un tarea apostólica, angelical, cristiana, divina. La palabra de Dios es tan rica en todo bien que es como un tesoro de todos los bienes. De ella brotan la fe, la esperanza y la caridad. De ella derivan todas las virtudes, todos los dones del Espíritu Santo, todas las bienaventuranzas evangélicas, todas las obras buenas, todos los méritos de la vida, toda la gloria del paraíso: «Recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que puede salvar vuestras almas» (Gc 1, 21).
En efecto, la palabra del Señor es luz para el intelecto y fuego para la voluntad, para que el hombre pueda conocer y amar a Dios. Para el hombre interior, que por medio de la gracia vive del Espíritu de Dios, es pan y agua, pero pan más dulce que la miel y agua mejor que el vino y la leche. Para el alma es un tesoro espiritual de méritos, por eso se llama oro y piedra muy preciosa. Es, en cambio, un yunque contra un corazón duramente obstinado en los vicios. Es una espada contra la carne, el mundo y el demonio para destruir todo pecado.
De los "Discursos" de san Lorenzo de Brindisi, sacerdote