Los hombres santos, aunque apretados por las pruebas, saben soportar a quienes los golpean y, al mismo tiempo, resistir a quienes quieren arrastrarlos al error. Contra aquellos levantan el escudo de la paciencia, contra estos empuñan las armas de la verdad. Así combinan los dos métodos de lucha recurriendo al arte verdaderamente insuperable de la fortaleza.
En el interior enderezan las distorsiones de la sana doctrina con la enseñanza iluminada, en el exterior saben sostener virilmente toda persecución. Corigen a unos amonestándolos, vencen a otros soportándolos. Con la paciencia se sienten más fuertes contra los enemigos, con la caridad son más idóneos para curar las almas heridas por el mal. A aquellos oponen resistencia para que no desvíen también a otros. Siguen a estos con temor y preocupación para que no abandonen del todo el camino de la rectitud.
Vemos al soldado de los campamentos de Dios que combate contra ambos males: «Bataallas en el exterior, temores en el interior» (2 Cor 7, 5). Enumera las guerras que sufre del exterior, diciendo: «Peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de los míos, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros de parte de falsos hermanos» (2 Cor 11, 26). Otras armas que usa en esta guerra son: «Trabajo y fatiga, muchas vigilias, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez» (2 Cor 11, 27).
Pero, aunque comprometido en tantos frentes, no afloja la atención por la seguridad de los campamentos. De hecho, añade inmediatamente: «Y además de todo esto, mi preocupación diaria, la ansiedad por todas las iglesias» (2 Cor 11, 28). Asume sobre sí todas las asperezas de la guerra y, al mismo tiempo, se prodiga con esmero en defensa de los hermanos. Habla de los males que sufre, y añade los bienes que reparte.
Consideremos luego cuánta fatiga sea soportar al mismo tiempo las adversidades en el exterior y defenderse en el interior contra las propias debilidades. En el exterior soporta batallas, porque está lacerado por los golpes, está ligado por cadenas; en el interior tolera el temor, porque teme que su sufrimiento cause daño no a sí mismo, sino a los discípulos. Por eso les escribe: «Ninguno se turbe en estas tribulaciones. Vosotros mismos sabéis que a esto estamos destinados» (1 Ts 3, 3).       
En su propio sufrimiento temía la caída de los otros, es decir, que los discípulos, al enterarse de que él era golpeado por la fe, se negaran a profesarse fieles.
¡Oh sentimiento de inmensa caridad! Desprecia lo que él mismo sufre, y se preocupa de que en los discípulos no se formen concepciones equivocadas. Desprecia en sí las heridas del cuerpo, y cura en los otros las heridas del corazón. Los grandes tienen esto de particular: encontrándose en el dolor de su propia tribulación, no cesan de ocuparse de la utilidad ajena; y, mientras sufren en sí mismos soportando sus propias tribulaciones, proveen a los otros, aconsejando lo que les es necesario. Son como médicos heroicos, golpeados por la enfermedad: soportan las heridas de su propio mal y proveen a los otros de cuidados y de medicinas para la curación.

Del «Comentario sobre el libro de Job» de San Gregorio