Con qué alabanzas podría yo celebraros, oh mis fortísimos hermanos? ¿Con qué palabra de elogio podría exaltar dignamente la intrepidez de vuestras almas, con qué expresiones magnificar la perseverancia de vuestra fe? Soportasteis hasta la gloria la durísima prueba y no cedisteis a los tormentos, sino que a vosotros más bien debieron rendirse los suplicios. Los tormentos, que no concedían fin a los dolores, dieron cumplimiento a la gloria. Continuó largo tiempo el suplicio, fue muy cruel el tormento, pero no logró sumergir una fe que encontró bien anclada, y otro resultado no tuvo que de llevar más rápidamente al Señor a los hombres de Dios.
La multitud de los presentes, conmovida, vio el celeste combate de Dios y la batalla espiritual de Cristo; vio firmes a sus siervos, oyó su voz franca y valiente, se asombró ante la inquebrantable firmeza de su ánimo, se maravilló de la fuerza divina que los sostenía, constató que, aunque indefensos contra las saetas de este siglo, estaban no obstante armados con las armas de los creyentes, es decir, de la fe. Los torturados se levantaron más fuertes que los torturadores y los miembros golpeados y desgarrados vencieron a las garras que golpeaban y los golpes se sucedían a los golpes, pero su furia no pudo vencer su fe inexpugnable, aunque en los siervos de Dios, después de que fueron desgarradas las carnes, fueran torturadas ya no los miembros, sino las heridas mismas. Corría la sangre para apagar el incendio de la persecución, para sofocar con su glorioso derramamiento las llamas y el fuego del infierno. ¡Oh, de qué género fue aquel espectáculo del Señor, cuán sublime, cuán grande, cuán agradable a los ojos de Dios por la fidelidad y la devoción de su soldado! Se cumplió lo que el Espíritu Santo dice y proclama en los salmos: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus fieles» (Sal 115, 15). Preciosa es la muerte de aquel que adquiere la inmortalidad al precio de su propia sangre, que recibe la corona de Dios con el último sacrificio.
¡Cuán gozoso fue allí Cristo, cuán de buen grado combatió y venció en tales siervos suyos! Cristo es el protector de la fe. Es él quien dona a los que creen en proporción a su disposición. En la persona del mártir estuvo él mismo presente a su propio combate, animó, reanimó y fortaleció a los combatientes y defensores de su nombre. Aquel que una vez venció la muerte por nosotros, la vence siempre en nosotros.
¡Oh, bienaventurada nuestra Iglesia, que Dios aún ilumina y honra con tanta dignidad, nuestra Iglesia que también en nuestros tiempos es hecha resplandeciente por la gloriosa sangre de los mártires! Antes era blanca en las obras de los hermanos, ahora se ha vuelto púrpura en la sangre de los mártires. Entre sus flores no faltan ni los lirios ni las rosas. Que todos aspiren al doble y altísimo honor, procurando, no obstante, tener al menos o la corona blanca de las obras, o la púrpura del martirio.

De las «Cartas» de san Cipriano, obispo y mártir