Ieri, 30 de mayo de 1627, fiesta de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un enorme navío muchísimos esclavos negros procedentes de los ríos de África. Acudimos, llevando en dos canastas frutas, limones, dulces y no sé qué otra cosa. Entramos en sus chozas. ¡Nos parecía entrar en una segunda Guinea! Tuvimos que abrirnos paso a través de la multitud de personas, hasta que logramos llegar hasta los enfermos, cuyo número era altísimo: ellos se encontraban tendidos sobre el terreno húmedo, o mejor dicho, fangoso; porque la humedad no fuera excesiva, se había intentado construir un terraplén, interponiendo tejas y fragmentos de ladrillo. Este, pues, era su lecho, extremadamente incómodo no solo por esta razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna protección de vestido. Deposito el manto, transportamos del almacén de las mercancías lo necesario para montar una tarima: y así logramos construir un lugar donde llevamos finalmente a los enfermos, abriéndonos paso a la fuerza entre las multitudes de gente. Por fin los dividimos en dos grupos: de los primeros se encargó un hermano mío junto con un intérprete, del segundo yo mismo. Había dos negros, más muertos que vivos, ya fríos: ni siquiera se lograba encontrar la pulsación de las venas. Mediante una teja recogimos brasas ardientes y las llevamos al centro, cerca de los moribundos; luego sobre aquel fuego arrojamos bálsamos aromáticos, de los cuales teníamos dos bolsas llenas y que en aquella ocasión consumimos por completo. Y así, gracias a nuestros mantos (pues ellos no tienen nada parecido y en vano habríamos pedido otros a sus amos) intentamos hacerles respirar aquellos vapores. Y en efecto, gracias a aquel calor pareció que recobraban la vida. ¡Cabría ver con qué alegría en los ojos nos miraban! De este modo les hablamos, no con las palabras, sino con las manos y con las obras: y ciertamente cualquier otro discurso habría sido del todo inútil para personas que estaban persuadidas de haber sido llevadas allí para ser comidas. Al final nos sentamos, o mejor dicho, nos arrodillamos junto a ellos y nos pusimos a lavarles los rostros y los cuerpos con vino, esforzándonos por alegrarlos con diligencia y desplegando ante ellos los motivos naturales que de alguna manera pueden llevar a los enfermos a la alegría. Después comenzamos a explicarles el catecismo relativo al bautismo, es decir, sus efectos maravillosos para el cuerpo y para el alma. Cuando, en base a las respuestas que daban a nuestras preguntas, nos pareció que habían comprendido suficientemente, pasamos a una enseñanza más profunda, acerca de la unicidad de Dios que distribuye las recompensas y los castigos según los méritos de cada uno, y todo lo demás. Les pedimos que hicieran un acto de contrición y manifestaran el arrepentimiento por los pecados cometidos. Por fin, cuando pareció que estaban suficientemente preparados, les explicamos el misterio de la Trinidad, de la encarnación y de la pasión y, mostrándoles a Cristo crucificado, tal como está pintado sobre el pilaño bautismal del cual descienden de las heridas de Cristo hilos de sangre, les prevenimos, recitando en su lengua el acto de contrición.

De las «Cartas» de San Pedro Claver, sacerdote