Este es aquel santísimo Nombre que fue tan deseado por los antiguos padres, esperado con tan gran temblor, suspirado con tan grandes gemidos, invocado con tan muchos suspiros, pedido con tan abundantes lágrimas, pero que ha sido donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia. Oculta, te ruego, el nombre de poder, no se oiga el nombre de venganza, se contenga el nombre de justicia. Danos el nombre de misericordia, resuene en mis oídos el nombre de Jesús, porque entonces verdaderamente tu voz es dulce y tu rostro es apacible (cf. Ct 2,14).
Gran fundamento de la fe es, pues, el nombre de Jesús, que forma a los hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento radiante de Jesucristo, que es luz del alma, puerta de la vida, fundamento de la salvación eterna. Quien no posee o abandona tal conocimiento, es como quien camina sin luz en la oscuridad de la noche y corre a ciegas por senderos peligrosos. Brille también por la eminencia de la razón: pero mientras sigue su propio intelecto en la comprensión de los misterios celestiales, seguirá a una guía ciega, o será como quien quiere construir una casa descuidando los cimientos, o como quien quiere pasar por el techo ignorando la puerta. Este fundamento es, pues, Jesús, luz y puerta (cf. Jn 8,12; 10,9). Él se manifiesta camino (cf. Jn 14,6) a los errantes; él ha dado a todos la luz de la fe, por la cual quien no conocía a Dios pudo buscarlo, quien lo buscaba pudo creer en él, quien creyó pudo encontrarlo. Este fundamento sostiene a la Iglesia, edificada en el nombre de Jesús. El nombre de Jesús es el esplendor de quien anuncia el Evangelio, por el hecho de que hace resplandecer luminosamente, hace anunciar y resonar su palabra. La luz de la fe se ha difundido por todo el mundo con una amplitud, una rapidez y un fervor extraordinarios: ¿de dónde crees que ha venido esto si no de la predicación de Jesús? ¿No nos ha llamado Dios a su admirable luz (cf. 1Pt 2,9) con la luminosidad y la dulzura de este nombre? Así iluminados y viendo la luz en esta luz (cf. Sal 35,9), justamente el Apóstol puede decir: «Un tiempo erais tinieblas, ahora en cambio sois luz en el Señor: comportaos como hijos de la luz» (Ef 5,8).
Oh nombre glorioso, nombre que dona gracia, nombre que suscita amor y virtud! Gracias a ti se abandona el camino del crimen, gracias a ti se vencen a los enemigos, gracias a ti los enfermos son liberados, los atribulados recobran fuerza y serenidad. Tú, honor de los creyentes, maestro de los evangelizadores, fuerza de quien se afana, apoyo de quien está en dificultad. A tu fervor encendido y ardiente los deseos se reavivan, las oraciones son escuchadas, las almas contemplativas se embriagan y por medio de ti son glorificados todos aquellos que son coronados en la gloria celestial. Concede también a nosotros, dulcísimo Jesús, por este tu santísimo nombre, de reinar juntamente con ellos.

De los «Discursos» de San Bernardino de Siena, sacerdote