«Es necesario atravesar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (At 14, 22). Si muchas son las persecuciones, muchos son también los reconocimientos, y donde hay muchas coronas, es señal de que hubo tantas luchas. Te conviene que haya muchos perseguidores porque, entre muchas persecuciones, encontrarás más fácilmente la corona.
Tomemos el ejemplo del mártir Sebastián, del cual hoy se celebra el día natalicio para la vida eterna.
Él nació en Milán, donde el perseguidor quizá no había llegado aún o se había alejado, o era más bien moderado. Sebastián se dio cuenta de que aquí la batalla no habría sido en absoluto o habría sido débil.
Partió, por tanto, para Roma, donde ardían encarnizadas persecuciones contra nuestra fe. Allí sufrió el martirio, es decir, obtuvo su corona. Así mereció la morada de la inmortalidad eterna allí donde había llegado como huésped. Si no hubiera existido más que un solo perseguidor, él no habría recibido la corona del martirio.
Por tanto, cuidemos bien de que no son perseguidores solamente aquellos que se ven, sino también aquellos que no se ven, y son mucho más numerosos.
Pues así como un solo rey perseguidor enviaba a muchos de sus subordinados órdenes de persecución y así había muchos perseguidores en las distintas ciudades o provincias, así también el diablo envía a muchos de sus ministros para suscitar persecuciones no solamente en el exterior, sino también en el interior de las almas de los individuos.
De estas persecuciones ha sido dicho: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3, 12). Todos, ha dicho, sin excepción. En efecto, ¿quién puede ser excluido cuando el propio Señor soportó los tormentos de las persecuciones?
¡Cuántos hoy son en secreto mártires de Cristo y dan testimonio al Señor Jesús! Este martirio y este testimonio fiel de Cristo fueron experimentados por el Apóstol que dijo: «Esto, en efecto, es nuestro orgullo y el testimonio de nuestra conciencia» (2 Cor 1, 12).
Del «Comentario sobre el salmo 118» de san Ambrosio, obispo
Tomemos el ejemplo del mártir Sebastián, del cual hoy se celebra el día natalicio para la vida eterna.
Él nació en Milán, donde el perseguidor quizá no había llegado aún o se había alejado, o era más bien moderado. Sebastián se dio cuenta de que aquí la batalla no habría sido en absoluto o habría sido débil.
Partió, por tanto, para Roma, donde ardían encarnizadas persecuciones contra nuestra fe. Allí sufrió el martirio, es decir, obtuvo su corona. Así mereció la morada de la inmortalidad eterna allí donde había llegado como huésped. Si no hubiera existido más que un solo perseguidor, él no habría recibido la corona del martirio.
Por tanto, cuidemos bien de que no son perseguidores solamente aquellos que se ven, sino también aquellos que no se ven, y son mucho más numerosos.
Pues así como un solo rey perseguidor enviaba a muchos de sus subordinados órdenes de persecución y así había muchos perseguidores en las distintas ciudades o provincias, así también el diablo envía a muchos de sus ministros para suscitar persecuciones no solamente en el exterior, sino también en el interior de las almas de los individuos.
De estas persecuciones ha sido dicho: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3, 12). Todos, ha dicho, sin excepción. En efecto, ¿quién puede ser excluido cuando el propio Señor soportó los tormentos de las persecuciones?
¡Cuántos hoy son en secreto mártires de Cristo y dan testimonio al Señor Jesús! Este martirio y este testimonio fiel de Cristo fueron experimentados por el Apóstol que dijo: «Esto, en efecto, es nuestro orgullo y el testimonio de nuestra conciencia» (2 Cor 1, 12).
Del «Comentario sobre el salmo 118» de san Ambrosio, obispo