¿De qué sirve, pues, nuestra alabanza a los santos, a qué nuestro tributo de gloria, a qué esta misma solemnidad nuestra? ¿Por qué a ellos los honores de esta misma tierra cuando, según la promesa del Hijo, el Padre celestial los honra? ¿A qué, pues, nuestros elogios por ellos? Los santos no necesitan de nuestros honores y nada les viene de nuestro culto. Es claro que, cuando veneramos su memoria, hacemos nuestros intereses, no los suyos.
Por mi parte debo confesar que, cuando pienso en los santos, me siento arder en grandes deseos.
El primer deseo, que la memoria de los santos suscita o estimula más en nosotros, è el de gozar de su tan dulce compañía y de merecer ser concédanos y familiares de los espíritus bienaventurados, de encontrarnos juntos con la asamblea de los patriarcas, con las huestes de los profetas, con el senado de los apóstoles, con los numerosos ejércitos de los mártires, con la comunidad de los confesores, con los coros de las vírgenes, de estar en suma reunidos y felices en la comunión de todos los santos.
Nos espera la primitiva comunidad de los cristianos, ¿y nos desinteresaríamos de ella? Los santos desean tenernos con ellos y ¿nos mostraríamos indiferentes? Los justos nos esperan, ¿y no nos preocuparíamos? No, hermanos, despertémonos de nuestra deplorable apatía. Resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, probémoslas. Sintamos el deseo de los que nos desean, apresuremosnos hacia los que nos esperan, anticipemos con los votos del alma la condición de los que nos aguardan. No solo debemos desear la compañía de los santos, sino también poseer su felicidad. Mientras, pues, anhelamos estar juntos con ellos, estimulemos en nuestro corazón la aspiración más intensa a compartir su gloria. Este anhelo no es ciertamente indecoroso, porque un tal hambre de gloria es todo lo contrario de peligroso.
Hay un segundo deseo que viene suscitado en nosotros por la conmemoración de los santos, y es que Cristo, nuestra vida, se nos muestre también a nosotros como a ellos, y nosotros también hagamos con él nuestra aparición en la gloria. Entretantoanto, nuestro jefe se nos presenta no como es ahora en el cielo, sino en la forma que quiso asumir por nosotros aquí en la tierra. Lo vemos, por tanto, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados.
Por tanto, avergüense todos los miembros de hacer ostentación de refinamientos bajo un jefe coronado de espinas. Comprendan que sus elegancias no les hacen honor, sino que los exponen al ridículo.
Llegará el momento de la venida de Cristo, cuando no se anunciará más su muerte. Entonces sabremos que también nosotros hemos muerto y que nuestra vida está escondida con él en Dios.
Entonces Cristo aparecerá como jefe glorioso y con él brillarán los miembros glorificados. Entonces transformará nuestro cuerpo humillado, haciéndolo semejante a la gloria del jefe, que es él mismo.
Nutramos, pues, libremente el anhelo de la gloria. Tenemos todo derecho a ello. Pero para que la esperanza de una felicidad tan incomparable llegue a ser realidad, nos es necesario el auxilio de los santos. Solicitémoslo con esmero. Así, por su intercesión, llegaremos allí donde por nosotros mismos no podríamos nunca pensar llegar.
De los «Discursos» de san Bernardo, abad
Por mi parte debo confesar que, cuando pienso en los santos, me siento arder en grandes deseos.
El primer deseo, que la memoria de los santos suscita o estimula más en nosotros, è el de gozar de su tan dulce compañía y de merecer ser concédanos y familiares de los espíritus bienaventurados, de encontrarnos juntos con la asamblea de los patriarcas, con las huestes de los profetas, con el senado de los apóstoles, con los numerosos ejércitos de los mártires, con la comunidad de los confesores, con los coros de las vírgenes, de estar en suma reunidos y felices en la comunión de todos los santos.
Nos espera la primitiva comunidad de los cristianos, ¿y nos desinteresaríamos de ella? Los santos desean tenernos con ellos y ¿nos mostraríamos indiferentes? Los justos nos esperan, ¿y no nos preocuparíamos? No, hermanos, despertémonos de nuestra deplorable apatía. Resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, probémoslas. Sintamos el deseo de los que nos desean, apresuremosnos hacia los que nos esperan, anticipemos con los votos del alma la condición de los que nos aguardan. No solo debemos desear la compañía de los santos, sino también poseer su felicidad. Mientras, pues, anhelamos estar juntos con ellos, estimulemos en nuestro corazón la aspiración más intensa a compartir su gloria. Este anhelo no es ciertamente indecoroso, porque un tal hambre de gloria es todo lo contrario de peligroso.
Hay un segundo deseo que viene suscitado en nosotros por la conmemoración de los santos, y es que Cristo, nuestra vida, se nos muestre también a nosotros como a ellos, y nosotros también hagamos con él nuestra aparición en la gloria. Entretantoanto, nuestro jefe se nos presenta no como es ahora en el cielo, sino en la forma que quiso asumir por nosotros aquí en la tierra. Lo vemos, por tanto, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados.
Por tanto, avergüense todos los miembros de hacer ostentación de refinamientos bajo un jefe coronado de espinas. Comprendan que sus elegancias no les hacen honor, sino que los exponen al ridículo.
Llegará el momento de la venida de Cristo, cuando no se anunciará más su muerte. Entonces sabremos que también nosotros hemos muerto y que nuestra vida está escondida con él en Dios.
Entonces Cristo aparecerá como jefe glorioso y con él brillarán los miembros glorificados. Entonces transformará nuestro cuerpo humillado, haciéndolo semejante a la gloria del jefe, que es él mismo.
Nutramos, pues, libremente el anhelo de la gloria. Tenemos todo derecho a ello. Pero para que la esperanza de una felicidad tan incomparable llegue a ser realidad, nos es necesario el auxilio de los santos. Solicitémoslo con esmero. Así, por su intercesión, llegaremos allí donde por nosotros mismos no podríamos nunca pensar llegar.
De los «Discursos» de san Bernardo, abad