Señor, a ti he clamado, acude en mi auxilio (cf. Sal 140, 1). Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo, sino el Cristo total. Pero fue dicho por Cristo más especialmente en persona del cuerpo, porque, mientras estaba aquí abajo, oró llevando nuestra humanidad, oró al Padre en persona del cuerpo. Mientras oraba, de todo su cuerpo destilaban gotas de sangre, según encontramos en el evangelio: «Jesús oró con mayor intensidad, y su sudor se hizo como gotas de sangre» (Lc 22, 44). ¿Qué significa esta efusión de sangre de todo el cuerpo, si no la pasión que toda la Iglesia continúa soportando en sus mártires?
Señor, a ti he clamado, acude en mi auxilio; escucha mi voz cuando te invoco (cf. Sal 140, 1). Creías que ya había terminado el castigo del clamor, cuando decías: He clamado a ti. Has clamado, sí, pero no creas ya estar a salvo. Si la tribulación hubiera pasado definitivamente, no sería necesario clamar más; pero si la tribulación de la Iglesia, es decir, del cuerpo de Cristo, continúa hasta el fin del mundo, no digas solamente: He clamado a ti, acude en mi auxilio, sino añade: Escucha mi voz, cuando te invoco.
«Como incienso suba a ti mi oración, mis manos alzadas como sacrificio de la tarde» (Sal 140, 2).
Todo cristiano sabe que esta expresión se atribuye al mismo cabeza. En efecto, al final de la tarde el Señor exhaló en la cruz su espíritu, que luego volvería a tomar. No lo exhaló contra su voluntad. Por eso también en esto fuimos figurados.
¿Qué parte de él, en efecto, pendía de la cruz, sino aquello que había asumido de nosotros? Y entonces, ¿cómo podría suceder que en un momento dado el Padre deje y abandone a su único Hijo, que es con él un solo Dios? Sin embargo, Cristo, crucificando nuestra debilidad en la cruz, en la cual, como dice el Apóstol: «Nuestro hombre viejo fue crucificado con él» (Rm 6, 6), clamó con la voz de nuestra misma humanidad: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 1).
Este, pues, es el sacrificio vespertino: la pasión del Señor, la cruz del Señor, la ofrenda de la víctima de salvación, el holocausto agradable a Dios. Y en su resurrección cambió aquel sacrificio vespertino en ofrenda matutina. La oración, pues, que se eleva incontaminada de un corazón fiel, sube como incienso del santo altar.
Nada es más agradable que el perfume del Señor. De este suave perfume se embriaguen todos los creyentes.
«Nuestro hombre viejo, son palabras del Apóstol, fue crucificado con él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, y no fuéramos más esclavos del pecado» (Rm 6, 6).
De los «Comentarios sobre los salmos» de san Agustín, obispo
Señor, a ti he clamado, acude en mi auxilio; escucha mi voz cuando te invoco (cf. Sal 140, 1). Creías que ya había terminado el castigo del clamor, cuando decías: He clamado a ti. Has clamado, sí, pero no creas ya estar a salvo. Si la tribulación hubiera pasado definitivamente, no sería necesario clamar más; pero si la tribulación de la Iglesia, es decir, del cuerpo de Cristo, continúa hasta el fin del mundo, no digas solamente: He clamado a ti, acude en mi auxilio, sino añade: Escucha mi voz, cuando te invoco.
«Como incienso suba a ti mi oración, mis manos alzadas como sacrificio de la tarde» (Sal 140, 2).
Todo cristiano sabe que esta expresión se atribuye al mismo cabeza. En efecto, al final de la tarde el Señor exhaló en la cruz su espíritu, que luego volvería a tomar. No lo exhaló contra su voluntad. Por eso también en esto fuimos figurados.
¿Qué parte de él, en efecto, pendía de la cruz, sino aquello que había asumido de nosotros? Y entonces, ¿cómo podría suceder que en un momento dado el Padre deje y abandone a su único Hijo, que es con él un solo Dios? Sin embargo, Cristo, crucificando nuestra debilidad en la cruz, en la cual, como dice el Apóstol: «Nuestro hombre viejo fue crucificado con él» (Rm 6, 6), clamó con la voz de nuestra misma humanidad: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 1).
Este, pues, es el sacrificio vespertino: la pasión del Señor, la cruz del Señor, la ofrenda de la víctima de salvación, el holocausto agradable a Dios. Y en su resurrección cambió aquel sacrificio vespertino en ofrenda matutina. La oración, pues, que se eleva incontaminada de un corazón fiel, sube como incienso del santo altar.
Nada es más agradable que el perfume del Señor. De este suave perfume se embriaguen todos los creyentes.
«Nuestro hombre viejo, son palabras del Apóstol, fue crucificado con él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, y no fuéramos más esclavos del pecado» (Rm 6, 6).
De los «Comentarios sobre los salmos» de san Agustín, obispo