Jesús vino a Juan y recibió de él el bautismo. ¡Hecho que llena de asombro! El río infinito, que alegra la ciudad de Dios, es bañado por unas pocas gotas de agua. La fuente inagotable, de la cual brota la vida para todos los hombres y es perenne, se sumerge en un hilo de agua escaso y fugaz.
Aquel que está en todas partes y no falta en ningún lugar, aquel que los ángeles no pueden comprender y los hombres no pueden ver, se acerca a recibir el bautismo de su propia voluntad. Y he aquí, se le abren los cielos y resuena una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido» (Mt 3, 17).
Aquel que es amado genera amor y la luz inmaterial hace nacer una luz inaccesible. Este es aquel que fue llamado hijo de José y es mi unigénito en la naturaleza divina.
«Este es mi Hijo amado»: tiene hambre, él que nutre a un número infinito de criaturas; está agotado por la fatiga, él que descansa a los fatigados; no tiene dónde reclinar la cabeza, él que sostiene todo en sus manos; sufre, él que sana toda aflicción; es abofeteado, él que da al mundo la libertad; es herido en el costado, él que repara el costado de Adán.
Pero, os ruego, prestadme mucha atención: quiero volver a la fuente de la vida y contemplar la fuente de todo remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo al Hijo y Verbo inmortal, que vino entre los hombres para lavarlos en el agua y en el Espíritu, y, para regenerarnos en el alma y en el cuerpo a la vida eterna, sopló en nosotros el Espíritu de vida y nos vistió de una armadura incorruptible.
Si, pues, el hombre se ha vuelto inmortal, será también dios. Si en el agua y en el Espíritu Santo se vuelve dios a través de la regeneración del bautismo, después de la resurrección de entre los muertos viene a encontrarse también coheredero de Cristo.
Por eso yo proclamo como un araldo: Venid, tribus y pueblos todos, a la inmortalidad del bautismo. Esta es el agua asociada al Espíritu Santo por medio del cual es regado el paraíso, la tierra se vuelve fecunda, las plantas crecen, todo ser animado genera vida; y para expresar todo en pocas palabras, es el agua mediante la cual recibe vida el hombre regenerado, con la cual Cristo fue bautizado, en la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
Quien desciende con fe en este lavacro de regeneración, renuncia al diablo y se alinea con Cristo, niega al enemigo y reconoce que Cristo es Dios, se despoja de la esclavitud y se viste de la adopción filial, vuelve del bautismo espléndido como el sol y emitiendo rayos de justicia; pero, y esto constituye la realidad más grande, vuelve hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él la gloria y el poder junto al Espíritu santísimo, beneficioso y vivificante, ahora y siempre, por todos los siglos. Amén.
Del «Discurso sobre la Epifanía» atribuido a San Hipólito, sacerdote
Aquel que está en todas partes y no falta en ningún lugar, aquel que los ángeles no pueden comprender y los hombres no pueden ver, se acerca a recibir el bautismo de su propia voluntad. Y he aquí, se le abren los cielos y resuena una voz que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido» (Mt 3, 17).
Aquel que es amado genera amor y la luz inmaterial hace nacer una luz inaccesible. Este es aquel que fue llamado hijo de José y es mi unigénito en la naturaleza divina.
«Este es mi Hijo amado»: tiene hambre, él que nutre a un número infinito de criaturas; está agotado por la fatiga, él que descansa a los fatigados; no tiene dónde reclinar la cabeza, él que sostiene todo en sus manos; sufre, él que sana toda aflicción; es abofeteado, él que da al mundo la libertad; es herido en el costado, él que repara el costado de Adán.
Pero, os ruego, prestadme mucha atención: quiero volver a la fuente de la vida y contemplar la fuente de todo remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo al Hijo y Verbo inmortal, que vino entre los hombres para lavarlos en el agua y en el Espíritu, y, para regenerarnos en el alma y en el cuerpo a la vida eterna, sopló en nosotros el Espíritu de vida y nos vistió de una armadura incorruptible.
Si, pues, el hombre se ha vuelto inmortal, será también dios. Si en el agua y en el Espíritu Santo se vuelve dios a través de la regeneración del bautismo, después de la resurrección de entre los muertos viene a encontrarse también coheredero de Cristo.
Por eso yo proclamo como un araldo: Venid, tribus y pueblos todos, a la inmortalidad del bautismo. Esta es el agua asociada al Espíritu Santo por medio del cual es regado el paraíso, la tierra se vuelve fecunda, las plantas crecen, todo ser animado genera vida; y para expresar todo en pocas palabras, es el agua mediante la cual recibe vida el hombre regenerado, con la cual Cristo fue bautizado, en la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
Quien desciende con fe en este lavacro de regeneración, renuncia al diablo y se alinea con Cristo, niega al enemigo y reconoce que Cristo es Dios, se despoja de la esclavitud y se viste de la adopción filial, vuelve del bautismo espléndido como el sol y emitiendo rayos de justicia; pero, y esto constituye la realidad más grande, vuelve hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él la gloria y el poder junto al Espíritu santísimo, beneficioso y vivificante, ahora y siempre, por todos los siglos. Amén.
Del «Discurso sobre la Epifanía» atribuido a San Hipólito, sacerdote