Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escala y el vehículo. Es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios (cf. Ex 26, 34). Es «el misterio oculto desde los siglos» (Ef 3, 9). Quien se dirige a este propiciatorio con dedicación absoluta, y fija la mirada en el Señor crucificado mediante la fe, la esperanza, la caridad, la devoción, la admiración, la exultación, la estima, la alabanza y el júbilo del corazón, hace con él la Pascua, es decir, el paso; atraviesa con la vara de la cruz el Mar Rojo, saliendo de Egipto para adentrarse en el desierto. Aquí saborea el maná oculto, descansa con Cristo en el sepulcro como muerto exteriormente, pero siente, sin embargo, en la medida en que lo permite la condición de los viadores, lo que en la cruz fue dicho al buen ladrón, tan cercano a Cristo con el amor: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).
Pero para que este paso sea perfecto, es necesario que, suspendida la actividad intelectual, todo afecto del corazón sea integralmente transformado y transferido a Dios.
Esto es un hecho místico y extraordinario que nadie conoce si no lo recibe. Lo recibe solo quien lo desea, no lo desea sino aquel que es inflamado por el fuego del Espíritu Santo, que Cristo ha traído a la tierra. Por eso el Apóstol afirma que esta sabiduría mística es revelada por el Espíritu Santo.
Si luego quieres saber cómo sucede todo esto, interroga a la gracia, no a la ciencia, al deseo no al intelecto, al suspiro de la oración no a la codicia de leer, al esposo no al maestro, a Dios no al hombre, a la tiniebla no a la claridad, no a la luz sino al fuego que inflama todo el ser y lo sumerge en Dios con su suavísima unción y con los afectos más ardientes.
Ahora este fuego es Dios y esta fragua se encuentra en la santa Jerusalén; y es Cristo quien los enciende con el calor de su pasionísima pasión. Solo puede percibirlo aquel que dice: Mi alma ha preferido ser suspendida en la cruz y mis huesos han elegido la muerte (cf. Job 7, 15).
Quien ama tal muerte, puede ver a Dios, porque permanece cierto que: «Ningún hombre puede verme y permanecer con vida» (Ex 33, 20). Muriéndonos, pues, entremos en esta tiniebla; hagamos callar las preocupaciones, las concupiscencias y las fantasías. Pasemos con Cristo crucificado «de este mundo al Padre», para que, después de haberlo visto, podamos decir con Felipe: «Esto nos basta» (Jn 14, 8); escuchemos con Pablo: «Te basta mi gracia» (2 Cor 12, 9); regocijémonos con David, diciendo: «Se debilitan mi carne y mi corazón; pero la roca de mi corazón es Dios, es Dios mi suerte para siempre» (Sal 72, 26). «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde siempre, para siempre. Todo el pueblo diga: Amén» (Sal 105, 48).
Del opúsculo «Itinerario de la mente a Dios» de San Buenaventura, obispo
Pero para que este paso sea perfecto, es necesario que, suspendida la actividad intelectual, todo afecto del corazón sea integralmente transformado y transferido a Dios.
Esto es un hecho místico y extraordinario que nadie conoce si no lo recibe. Lo recibe solo quien lo desea, no lo desea sino aquel que es inflamado por el fuego del Espíritu Santo, que Cristo ha traído a la tierra. Por eso el Apóstol afirma que esta sabiduría mística es revelada por el Espíritu Santo.
Si luego quieres saber cómo sucede todo esto, interroga a la gracia, no a la ciencia, al deseo no al intelecto, al suspiro de la oración no a la codicia de leer, al esposo no al maestro, a Dios no al hombre, a la tiniebla no a la claridad, no a la luz sino al fuego que inflama todo el ser y lo sumerge en Dios con su suavísima unción y con los afectos más ardientes.
Ahora este fuego es Dios y esta fragua se encuentra en la santa Jerusalén; y es Cristo quien los enciende con el calor de su pasionísima pasión. Solo puede percibirlo aquel que dice: Mi alma ha preferido ser suspendida en la cruz y mis huesos han elegido la muerte (cf. Job 7, 15).
Quien ama tal muerte, puede ver a Dios, porque permanece cierto que: «Ningún hombre puede verme y permanecer con vida» (Ex 33, 20). Muriéndonos, pues, entremos en esta tiniebla; hagamos callar las preocupaciones, las concupiscencias y las fantasías. Pasemos con Cristo crucificado «de este mundo al Padre», para que, después de haberlo visto, podamos decir con Felipe: «Esto nos basta» (Jn 14, 8); escuchemos con Pablo: «Te basta mi gracia» (2 Cor 12, 9); regocijémonos con David, diciendo: «Se debilitan mi carne y mi corazón; pero la roca de mi corazón es Dios, es Dios mi suerte para siempre» (Sal 72, 26). «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde siempre, para siempre. Todo el pueblo diga: Amén» (Sal 105, 48).
Del opúsculo «Itinerario de la mente a Dios» de San Buenaventura, obispo