El sacrificio celestial instituido por Cristo è verdaderamente la herencia de su Nuevo Testamento: es el don que nos dejó como prenda de su presencia aquella noche, cuando iba a ser entregado para ser crucificado.
È el viático de nuestro camino. Es un alimento y un apoyo indispensables para poder recorrer el camino de la vida, hasta que, después de haber dejado este mundo, lleguemos a nuestra verdadera meta, que es el Señor. Por eso él dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (cf. Jn 6, 53). Y precisamente para no dejarnos privados de este recurso necesario, mandó a los apóstoles, es decir, a los primeros sacerdotes de la Iglesia, que celebraran siempre los misterios de la vida eterna. Así las almas, redimidas por su preciosa sangre, serían enriquecidas con sus dones y santificadas por el memorial de su pasión.
È pues necesario que los sacramentos sean celebrados por los sacerdotes en las distintas iglesias del mundo hasta el retorno de Cristo del cielo, para que todos, sacerdotes y laicos, tengan cada día ante los ojos la viva representación de la pasión del Señor, la toquen con las manos, la reciban con la boca y con el corazón y conserven una memoria indeleble de nuestra redención.
El pan es considerado con razón imagen del cuerpo de Cristo. El pan, en efecto, resulta de muchos granos de trigo. Estos son reducidos a harina y la harina luego es amasada con el agua y cocida con el fuego. Así también el cuerpo místico de Cristo es único, pero está formado por toda la multitud del género humano, llevada a su condición perfecta mediante el fuego del Espíritu Santo. El Paráclito ejerce sobre el cuerpo místico la misma acción que ejerció sobre el cuerpo físico de Cristo. El Redentor, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, ya que era conveniente que en él se cumpliera toda justicia, habiendo entrado en las aguas del bautismo para consagrarlas, fue lleno de Espíritu Santo, descendido sobre él, en forma de paloma. Lo declara expresamente el Evangelista: «Jesús, lleno de Espíritu Santo, se alejó del Jordán» (Lc 4, 1).
Para la sangre de Cristo vale, en cierto sentido, la analogía del vino, similar a la del pan. Primero hay la recolección de muchos granos o racimos en la viña por él mismo plantada. Sigue la pisada en el lagar de la cruz. Hay luego la fermentación, que ocurre, por virtud propia, en los amplios espacios del corazón, lleno de fe, de aquellos que lo reciben.
Liberándoos, por tanto, del poder de Egipto y del faraón, es decir, del diablo, procurad recibir el sacrificio pascual de salvación, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo, con todo el ardiente deseo de vuestro corazón, para que nuestro hombre interior sea santificado por el mismo Señor nuestro Jesucristo, a quien creemos presente en los santos sacramentos y cuya virtud perdura en su inestimable valor por todos los siglos.
De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo
È el viático de nuestro camino. Es un alimento y un apoyo indispensables para poder recorrer el camino de la vida, hasta que, después de haber dejado este mundo, lleguemos a nuestra verdadera meta, que es el Señor. Por eso él dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (cf. Jn 6, 53). Y precisamente para no dejarnos privados de este recurso necesario, mandó a los apóstoles, es decir, a los primeros sacerdotes de la Iglesia, que celebraran siempre los misterios de la vida eterna. Así las almas, redimidas por su preciosa sangre, serían enriquecidas con sus dones y santificadas por el memorial de su pasión.
È pues necesario que los sacramentos sean celebrados por los sacerdotes en las distintas iglesias del mundo hasta el retorno de Cristo del cielo, para que todos, sacerdotes y laicos, tengan cada día ante los ojos la viva representación de la pasión del Señor, la toquen con las manos, la reciban con la boca y con el corazón y conserven una memoria indeleble de nuestra redención.
El pan es considerado con razón imagen del cuerpo de Cristo. El pan, en efecto, resulta de muchos granos de trigo. Estos son reducidos a harina y la harina luego es amasada con el agua y cocida con el fuego. Así también el cuerpo místico de Cristo es único, pero está formado por toda la multitud del género humano, llevada a su condición perfecta mediante el fuego del Espíritu Santo. El Paráclito ejerce sobre el cuerpo místico la misma acción que ejerció sobre el cuerpo físico de Cristo. El Redentor, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, ya que era conveniente que en él se cumpliera toda justicia, habiendo entrado en las aguas del bautismo para consagrarlas, fue lleno de Espíritu Santo, descendido sobre él, en forma de paloma. Lo declara expresamente el Evangelista: «Jesús, lleno de Espíritu Santo, se alejó del Jordán» (Lc 4, 1).
Para la sangre de Cristo vale, en cierto sentido, la analogía del vino, similar a la del pan. Primero hay la recolección de muchos granos o racimos en la viña por él mismo plantada. Sigue la pisada en el lagar de la cruz. Hay luego la fermentación, que ocurre, por virtud propia, en los amplios espacios del corazón, lleno de fe, de aquellos que lo reciben.
Liberándoos, por tanto, del poder de Egipto y del faraón, es decir, del diablo, procurad recibir el sacrificio pascual de salvación, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo, con todo el ardiente deseo de vuestro corazón, para que nuestro hombre interior sea santificado por el mismo Señor nuestro Jesucristo, a quien creemos presente en los santos sacramentos y cuya virtud perdura en su inestimable valor por todos los siglos.
De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo