Afirma la Escritura: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). La misericordia no ocupa el último lugar entre las bienaventuranzas. Observa también: Bienaventurado el hombre que cuida del desgraciado y del pobre (cfr. Sal 40, 2) y asimismo: Bueno es el que es piadoso y presta (cfr. Sal 111, 5). En otro lugar se lee también: Todo el día el justo tiene compasión y presta (cfr. Sal 36, 26). Conquistemos la bendición, hagamos que se nos llame comprensivos, esforcémonos por ser benevolentes. Ni siquiera la noche suspenda tus deberes de misericordia. No digas: «Volveré y mañana te daré ayuda». Ninguna pausa se interponga entre tu propósito y la obra de beneficencia. La beneficencia, en efecto, no admite demoras. Parte tu pan con el hambriento y introduce en tu casa a los pobres y a los sin techo (cfr. Is 58, 7) y hazlo con ánimo alegre y solícito. Te lo dice el Apóstol: Cuando haces obras de misericordia, hazlo con alegría (cfr. Rm 12, 8) y la gracia del beneficio que traigas te será entonces duplicada por la solicitud y la puntualidad. En efecto, lo que se dona con ánimo triste y por fuerza no resulta agradable y no tiene nada de simpático.
Cuando practicamos las obras de misericordia, debemos estar alegres y no llorar: «Si alejarás de ti la mezquindad y las preferencias», es decir, la estrechez y la discriminación, así como las vacilaciones y las críticas, tu recompensa será grande. «Entonces tu luz amanecerá como el alba y tu herida se cerrará pronto» (Is 58, 8). ¿Y quién no desea la luz y la salud?
Por tanto, siervos de Cristo, sus hermanos y coherederos, si creéis que mi palabra merece alguna atención, escuchadme: mientras nos es dado hacerlo, visitemos a Cristo, cuidemos a Cristo, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a Cristo no solo con nuestra mesa, como algunos han hecho, ni solo con los ungüentos, como María Magdalena, ni solamente con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con las cosas que sirven para la sepultura, como Nicodemo, que amaba a Cristo solo a medias, ni tampoco al final con el oro, el incienso y la mirra, como hicieron, ya antes de estos nombrados, los Magos. Pero, puesto que el Señor de todos quiere la misericordia y no el sacrificio, y puesto que la misericordia vale más que miles de gordos corderos, ofrezcámosle precisamente esta en los pobres y en aquellos que hoy son abatidos hasta el suelo. Así, cuando nos vayamos de aquí, seremos recibidos en los tabernáculos eternos, en comunión con Cristo Señor, al cual sea gloria por los siglos. Amén.

De los «Discursos» de san Gregorio de Nacianzo, obispo