La conmemoración anual de santa Ágata nos ha reunido aquí para que honremos a una mártir, que es sí antigua, pero también de hoy. Parece en efecto que también hoy vence su combate porque todos los días es como coronada y adornada con manifestaciones de la gracia divina.
Santa Ágata es nacida del Verbo del Dios inmortal y de su único Hijo, muerto como hombre por nosotros. Dice en efecto san Juan: «A cuantos lo han recibido les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).
Ágata, nuestra santa, que nos ha invitado al banquete religioso, es la esposa de Cristo. Es la virgen que ha teñido de púrpura sus labios con la sangre del Cordero y ha nutrido su espíritu con la meditación sobre la muerte de su amante divino.
La estola de la santa lleva los colores de la sangre de Cristo, pero también los de la virginidad. La de santa Ágata, así, se convierte en un testimonio de una elocuencia inagotable para todas las generaciones siguientes.
Santa Ágata es verdaderamente buena, porque siendo de Dios, se encuentra de la parte de su Esposo para hacernos partícipes de aquel bien, del cual su nombre porta el valor y el significado: Ágata (es decir, buena) a nosotros dada en don por la misma fuente de la bondad, Dios.
En efecto, ¿qué es más beneficioso que el sumo bien? ¿Y quién podría encontrar algo digno de ser celebrado más con alabanzas del bien? Ahora Ágata significa «Buena». Su bondad corresponde así bien al nombre y a la realidad. Ágata, que por sus magníficas hazañas porta un glorioso nombre y en el mismo nombre nos hace ver las gloriosas hazañas por ella cumplidas. Ágata, nos atrae incluso con su propio nombre, porque todos voluntariamente le vayan al encuentro y es de enseñanza con su ejemplo, porque todos, sin descanso, compitan entre sí por conseguir el verdadero bien, que es solo Dios.

Del «Discurso sobre Santa Ágata» de san Metodio de Sicilia, obispo