Los verdaderos discípulos son luz para quien no ve la Verdad
«Vosotros sois la luz del mundo. No puede quedar oculta una ciudad situada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa» (Mt 5, 14-15).
El Señor ha llamado a sus discípulos «sal de la tierra», porque han dado sabor, por medio de la sabiduría celestial, a los corazones de los hombres insipidos por el diablo. Ahora los llama también «luz del mundo» porque, iluminados por él mismo que es la luz verdadera y eterna, se han convertido, a su vez, en luz que resplandece en las tinieblas.
Él es el sol de justicia. Muy justamente, por tanto, llama luz del mundo también a sus discípulos, en cuanto que, por medio de ellos, como a través de rayos resplandecientes, ha iluminado toda la tierra con la luz de su verdad. Difundiendo la luz de la verdad, ellos han quitado las tinieblas del error de los corazones de los hombres.
También nosotros hemos sido iluminados por medio de ellos, para que nos transformemos de tinieblas en luz, como dice el Apóstol: «Si en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor: comportaos como hijos de la luz» (Ef 5, 8). Y aún: No sois hijos de la noche ni de las tinieblas, sino hijos de la luz del día (cfr. 1 Ts 5, 5). Con razón, por tanto, también san Juan ha dejado escrito en su carta: «Dios es luz» (1 Jn 1, 5) y quien permanece en Dios está en la luz. Puesto que, pues, nos alegramos de haber sido liberados de las tinieblas del error, es lógico que, como hijos de la luz, debamos caminar siempre en ella.
Por esto el Apóstol dice aún: Resplandece como astros en este mundo, aferrándoos fielmente a la palabra de vida (cfr. Flp 2, 15-16).
Si no hiciéramos esto, nosotros ocultaríamos y oscureceríamos con el velo de nuestra infidelidad, en perjuicio nuestro y de los otros, aquella luz que resplandece para utilidad de todos. Sabemos, en efecto, y lo hemos leído también, que aquel siervo, en vez de llevar al banco el talento recibido para ganarse el cielo, había preferido ocultarlo, y así fue golpeado por justo castigo.
Aquella lámpara espiritual que ha sido encendida para que la usemos para nuestra salvación, debe resplandecer siempre en nosotros. Tenemos a nuestra disposición la lámpara de los mandamientos de Dios y de la gracia espiritual, de la cual David dice: Tu mandamiento es lámpara para mis pies y luz para mis senderos (cfr. Sal 118, 105). De esta habla también Salomón cuando afirma: El precepto de la ley es como una lámpara (cfr. Pr 6, 23). No debemos, por tanto, tener oculta esta lámpara de la ley y de la fe. Debemos, antes bien, tenerla alta en la Iglesia, como sobre un candelabro, para que sea de salvación para muchos, porque nosotros mismos nos confortamos a la luz de la misma verdad y todos los creyentes sean iluminados.
San Cromacio