«Voi siete la sal de la tierra» (Mt 5, 13). Se os ha sido encomendado el ministerio de la palabra, dice el Cristo, no para vosotros, sino para el mundo entero. No os envío a dos, o diez, o veinte ciudades o a un pueblo en particular, como en tiempo de los profetas, sino que os envío a la tierra, al mar, al mundo entero, a este mundo tan corrompido. Diciendo de hecho: «Vosotros sois la sal de la tierra», hace entender que el hombre está desnaturalizado y corrompido por los pecados. Por eso exige de los suyos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para salvar a los demás. Un hombre manso, humilde, misericordioso y justo no guarda ocultas en sí semejantes virtudes, sino que hace que estas excelentes fuentes broten en beneficio de los otros. Y quien tiene un corazón puro, amante de la paz y que sufre por la verdad, dedica su vida al bien de todos.
No creáis, parece decir, que sois llamados a pequeñas luchas y a realizar empresas de poca cuenta. No. Vosotros sois: «la sal de la tierra». ¿A qué los llevó este privilegio? ¿Quizá a sanar lo que se había podrido? No, desde luego. La sal no salva lo que está podrido. Los apóstoles no hicieron esto. Pero antes Dios renovaba los corazones y los liberaba de la corrupción, luego los confiaba a los apóstoles, entonces ellos se convertían verdaderamente en «la sal de la tierra» manteniendo y conservando a los hombres en la nueva vida recibida del Señor. Es obra de Cristo liberar a los hombres de la corrupción del pecado, pero impedir que caigan de nuevo en el anterior estado de miseria compete a la diligencia y a los esfuerzos de los apóstoles.
Ved luego cómo él muestra que ellos son mejores que los profetas. No dice que son maestros de la sola Palestina, sino de todo el mundo. No os asombren, por tanto, parece continuar Jesús, si mi atención se fija de preferencia en vosotros y si os llamo a enfrentar dificultades tan graves. Considerad cuáles y cuántas son las ciudades, los pueblos y las gentes a quienes estoy por enviaros. Por eso quiero que no os limitéis a ser santos para vosotros mismos, sino que hagáis a los otros semejantes a vosotros. Sin esto no bastaréis ni siquiera para vosotros mismos.
A los otros, que están en el error, les será posible la conversión por medio vuestro; pero si cayeréis vosotros, arrastraréis también a los otros a la ruina. Cuanto más importantes son los encargos que os han sido confiados, tanto mayor empeño os hace falta. Por esto Jesús afirma: «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le dará sabor? No sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisada por los hombres» (Mt 5, 13). Para que luego, oyendo la frase: «Cuando os insulten, os persigan y digan todo mal contra vosotros» (Mt 5, 11), no teman a avanzar, parece querer decir: Si no estaréis listos para las pruebas, en vano os he elegido. Así vendrán las maldiciones como testimonio de vuestra debilidad. Si, de hecho, por temor a los maltratos, no mostraréis todo aquel ardor que os conviene, sufriréis cosas mucho peores, tendréis mala fama y seréis para todos objeto de burla. Esto quiere decir ser pisados.
Inmediatamente después pasa a otra analogía más elevada: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). Nuevamente dice del mundo, no de un solo pueblo o de veinte ciudades, sino del universo entero: luz inteligible, más resplandeciente que los rayos del sol. Habla primero de la sal y luego de la luz, para mostrar la ventaja de una palabra rica en mordiente y de una doctrina elevada y luminosa. «No puede quedar oculta una ciudad situada sobre el monte, ni se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín» (Mt 5, 14-15). Con estas palabras los estimula una vez más a velar por su conducta, recordándoles que están expuestos a los ojos de todos los hombres y que se mueven ante la mirada de toda la tierra.
San Juan Crisóstomo, obispo
De las «Homilías sobre el evangelio de Mateo»