Dio creó al hombre desde el principio con el fin de colmarlo de sus dones, eligió a los patriarcas para darles la salvación, se preparó por adelantado un pueblo para enseñar a servir a Dios a quienes lo ignoraban, dispuso el ministerio de los profetas para educar a los hombres a llevar en sí el Espíritu y a gozar de la comunión con Dios. Él, que no necesita de nadie, concedió la comunión consigo a quienes tenían necesidad de él. Para aquellos que le eran agradables trazó el edificio de la salvación, como lo haría un arquitecto. Él mismo se hizo guía de aquellos que no conocían el camino en Egipto. A aquellos que erraban por el desierto dio una ley sumamente adecuada. Concedió a aquellos que entraron en la tierra prometida una digna herencia. Finalmente, en favor de aquellos que se convierten al Padre, mató el ternero gordo y les donó la mejor vestidura. Así, de diversas maneras, dispuso al género humano en vista de la gran «sinfonía» de la salvación.
San Juan en el Apocalipsis dice: Y su «voz era semejante al fragor de grandes aguas» (Ap 1, 15). Y en verdad son muchas las aguas del Espíritu de Dios, porque el Padre es rico de infinitos recursos. El Verbo, pasando a través de estas aguas, ofreció con liberalidad su asistencia a aquellos que le estaban sometidos, prescribiendo a cada criatura una ley adecuada y apropiada. Así dio al pueblo las leyes para construir el tabernáculo, edificar el templo, elegir a los levitas, así como para los sacrificios, las ofrendas y las purificaciones y cualquier otra cosa para el servicio del culto.
Él, a decir verdad, no tenía ninguna necesidad de todo esto. Desde siempre estuvo colmado de todo bien, teniendo en sí mismo todo suave olor y perfume, incluso antes de que viniera Moisés. Pero quería educar al pueblo, llevado continuamente a volver a los ídolos. Quería disponerle, con muchas intervenciones y auxilios, a perseverar en el servicio de Dios, llamándolo por medio de las cosas secundarias a las primarias, con las figuras a las verdades, con las cosas temporales a las eternas, con las carnales a las espirituales y con las terrenas a las celestiales, como fue dicho a Moisés: «Mira y ejecuta según el modelo que te ha sido mostrado en el monte» (Ex 25, 40). En efecto, en aquellos cuarenta días aprendió a retener las palabras de Dios, su estilo característico, las imágenes espirituales y las prefiguraciones de las cosas futuras, como también Pablo dice: «Bebían de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo» (1 Cor 10, 4). Y de nuevo, aludiendo a las cosas que están prescritas en la ley, añade: «Todas estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas para amonestación nuestra, de nosotros para quienes ha llegado el fin de los tiempos» (1 Cor 10, 11). Por medio de figuras, pues, Israel aprendía a temer a Dios y a perseverar en su servicio. Por eso la ley para ellos era al mismo tiempo una regla de vida y una profecía de las cosas futuras.

Del tratado «Contra las herejías» de san Ireneo, obispo