«Escuchad, pastores, la palabra del Señor». Pero ¿qué escucháis, oh pastores? «Dice el Señor Dios: He aquí que vengo contra los pastores, y pediré cuenta de mi rebaño» (Ez 34, 9).
Escuchad y aprended, ovejas de Dios. A los malos pastores Dios les pide que den cuenta de sus ovejas y que respondan por la muerte que les han causado con sus propias manos.

Porque dice en otro lugar por boca del mismo profeta: «Hijo del hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel; cuando oigas palabra de mi boca, adviértelos de mi parte. Si yo digo al impío: Impío, morirás, y tú no hablas para disuadir al impío de su proceder, él, el impío, morirá por su iniquidad, pero de su muerte te pediré cuenta. Pero si tú has advertido al impío de su proceder para que se convierta, y él no se convierte, él morirá por su iniquidad, pero tú habrás salvado tu vida» (Ez 33, 7-9).

¿Qué significa esto, hermanos? Ved cuán peligroso es callar. Muere aquel impío y justamente sufre la muerte. Muere por su iniquidad y por su pecado. Es muerto, en efecto, por su negligencia. Él habría podido encontrar bien al Pastor viviente que dice: «Yo vivo, dice el Señor». Pero no lo hizo, también porque no fue advertido por quien había sido constituido jefe y centinela precisamente para este fin. Por lo tanto, justamente morirá, pero también quien descuidó de advertirlo será justamente condenado.

Si en cambio, dice el Señor, hubieras dicho al malvado, a quien yo había amenazado con la espada: «Morirás», y él hubiera descuidado de evitar la espada que se cernía sobre él, y la espada descendiera sobre él y lo matara, él morirá en su pecado, pero tú habrás salvado tu alma.

Por lo tanto, es nuestro deber no callar, pero a vosotros, aunque calláramos, os corresponde escuchar de las Escrituras las palabras del Pastor. Veamos, pues, según lo que me había propuesto, si acaso él libera a las ovejas de los malos pastores para confiarlas a los buenos pastores. Veo, en efecto, que libera a las ovejas de los malos pastores, cuando dice: «He aquí que vengo contra los pastores, y pediré cuenta de mi rebaño, y no los dejaré más apacentar mi rebaño, para que los pastores no apacienten más a sí mismos» (Ez 34, 10). Porque cuando digo: Apacentad mi rebaño, ellos apacientan a sí mismos y no mi rebaño. Se lo quitaré para que no apacienten mi rebaño.

¿De qué manera se lo quita, para que ellos no apacienten más su rebaño? Diciendo: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen (cf. Mt 23, 3). Como si dijera: Proclaman mi palabra, pero hacen sus propios intereses. Cuando no hacéis lo que hacen los malos pastores, no son ellos quienes os apacientan. Cuando en cambio hacéis lo que ellos dicen, soy yo quien os apacienta.

Santo Agustín, obispo