Comenzando por la santa caridad, como raíz de todas las virtudes y como don a él más familiar, digo que san Camilo fue tan inflamado de esta santa virtud, no solo hacia Dios, sino también hacia el prójimo, y particularmente hacia los enfermos. La sola vista de ellos bastaba para ablandarlo, conmovirlo y hacerle olvidar por completo toda otra atracción o satisfacción terrenal. Cuando servía a alguno de ellos, parecía consumarse de amor y compasión, y de buen grado habría tomado sobre sí todo mal para dulcificar su dolor y aliviarlos de sus enfermedades. Consideraba tan vivamente la persona de Cristo en los enfermos, que a menudo, cuando les daba de comer, imaginándose que eran su Señor, les pedía la gracia y el perdón de sus pecados. Estaba ante ellos con tanta reverencia como si estuviera en la presencia misma del Señor.
Nunca hablaba de otra cosa, ni más a menudo, ni con mayor fervor, que de la santa caridad, y habría querido imprimirla en el corazón de todos los hombres.
Para inflamar a sus religiosos en esta santa virtud, solía recordarles a menudo las dulcificas palabras de Jesucristo: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36), las cuales, en verdad, parecía que le estaban grabadas en el corazón, tantas veces las decía y repetía.
Camilo era hombre de tanta caridad, que tenía piedad y compasión no solo hacia los enfermos y los moribundos, sino también en general hacia todos los demás pobres y miserables.
Tenía el corazón lleno de tanta piedad hacia los necesitados, que solía decir: Si no se encontraran pobres en el mundo, los hombres deberían ir a buscarlos y sacarlos de debajo de la tierra para hacerles el bien y usarles misericordia.
De la «Vida de san Camilo», escrita por uno de sus compañeros
Nunca hablaba de otra cosa, ni más a menudo, ni con mayor fervor, que de la santa caridad, y habría querido imprimirla en el corazón de todos los hombres.
Para inflamar a sus religiosos en esta santa virtud, solía recordarles a menudo las dulcificas palabras de Jesucristo: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36), las cuales, en verdad, parecía que le estaban grabadas en el corazón, tantas veces las decía y repetía.
Camilo era hombre de tanta caridad, que tenía piedad y compasión no solo hacia los enfermos y los moribundos, sino también en general hacia todos los demás pobres y miserables.
Tenía el corazón lleno de tanta piedad hacia los necesitados, que solía decir: Si no se encontraran pobres en el mundo, los hombres deberían ir a buscarlos y sacarlos de debajo de la tierra para hacerles el bien y usarles misericordia.
De la «Vida de san Camilo», escrita por uno de sus compañeros