¡Cuánto son admirables y preciosos los dones de Dios, carísimos hermanos! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza, el dominio de sí en la santidad: todo esto ha sido puesto al alcance de nuestra inteligencia.
¿Cuáles serán entonces los bienes que están preparados para aquellos que lo esperan? Solo el Creador y Padre de los siglos, el Santo por excelencia, conoce su cantidad y su belleza. Por tanto, nosotros, a fin de ser partícipes de los dones prometidos, hagamos todo por encontrarnos en el número de aquellos que lo esperan.
¿Y cómo se verificará esto, carísimos hermanos? Se verificará si nuestra inteligencia está firme en Dios con la fe, si buscamos con diligencia lo que es agradable y acepto a él, si hacemos lo que es conforme a su santísima voluntad, si seguimos el camino de la verdad, en resumen, si nos mantenemos alejados de toda injusticia, perversidad, avaricia, riña, malicia y engaño.
Esta es la vía, carísimos hermanos, en la cual encontramos nuestra salvación, Jesucristo, mediador de nuestro sacrificio, defensor y ayuda de nuestra debilidad. Por medio de él podemos mirar la altura de los cielos, por medio de él contemplamos el rostro purísimo y sublime de Dios, por él han sido abiertos los ojos de nuestro corazón, por él nuestra mente insensata y oscurecida florece en la luz, por medio de él el Padre ha querido que gustásemos el conocimiento inmortal. Él, siendo la irradiación de la gloria de Dios, es tanto superior a los ángeles, cuanto más excelente es el nombre que ha heredado (cf. Hb 1, 3-4).
Por tanto, hermanos, combatamos con todas nuestras fuerzas bajo sus irreprensibles mandatos. Los grandes no pueden estar sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. Todos están mezclados, de aquí la ventaja recíproca. Tomemos como ejemplo nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza. Incluso los miembros más pequeños de nuestro cuerpo son necesarios y útiles para todo el cuerpo; antes bien, todos se armonizan y se someten al mismo fin, para que todo el cuerpo sea firme.
Por tanto, asegúrese la salvación de todo nuestro cuerpo en Cristo Jesús, y cada uno sea sujeto a su prójimo según el don de la gracia que le ha sido encomendado. El fuerte cuide del débil, el débil respete al fuerte. El rico socorra al pobre, el pobre alabe a Dios porque le ha dado uno que viene a colmar su indigencia. El sabio muestre su sabiduría no con las palabras sino con las buenas obras; el humilde no se dé testimonio a sí mismo, sino que deje que otro se lo dé. Teniendo de Dios todas estas cosas, debemos darle gracias por todo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa
¿Cuáles serán entonces los bienes que están preparados para aquellos que lo esperan? Solo el Creador y Padre de los siglos, el Santo por excelencia, conoce su cantidad y su belleza. Por tanto, nosotros, a fin de ser partícipes de los dones prometidos, hagamos todo por encontrarnos en el número de aquellos que lo esperan.
¿Y cómo se verificará esto, carísimos hermanos? Se verificará si nuestra inteligencia está firme en Dios con la fe, si buscamos con diligencia lo que es agradable y acepto a él, si hacemos lo que es conforme a su santísima voluntad, si seguimos el camino de la verdad, en resumen, si nos mantenemos alejados de toda injusticia, perversidad, avaricia, riña, malicia y engaño.
Esta es la vía, carísimos hermanos, en la cual encontramos nuestra salvación, Jesucristo, mediador de nuestro sacrificio, defensor y ayuda de nuestra debilidad. Por medio de él podemos mirar la altura de los cielos, por medio de él contemplamos el rostro purísimo y sublime de Dios, por él han sido abiertos los ojos de nuestro corazón, por él nuestra mente insensata y oscurecida florece en la luz, por medio de él el Padre ha querido que gustásemos el conocimiento inmortal. Él, siendo la irradiación de la gloria de Dios, es tanto superior a los ángeles, cuanto más excelente es el nombre que ha heredado (cf. Hb 1, 3-4).
Por tanto, hermanos, combatamos con todas nuestras fuerzas bajo sus irreprensibles mandatos. Los grandes no pueden estar sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. Todos están mezclados, de aquí la ventaja recíproca. Tomemos como ejemplo nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza. Incluso los miembros más pequeños de nuestro cuerpo son necesarios y útiles para todo el cuerpo; antes bien, todos se armonizan y se someten al mismo fin, para que todo el cuerpo sea firme.
Por tanto, asegúrese la salvación de todo nuestro cuerpo en Cristo Jesús, y cada uno sea sujeto a su prójimo según el don de la gracia que le ha sido encomendado. El fuerte cuide del débil, el débil respete al fuerte. El rico socorra al pobre, el pobre alabe a Dios porque le ha dado uno que viene a colmar su indigencia. El sabio muestre su sabiduría no con las palabras sino con las buenas obras; el humilde no se dé testimonio a sí mismo, sino que deje que otro se lo dé. Teniendo de Dios todas estas cosas, debemos darle gracias por todo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa