Entonces se alegrarán los árboles del bosque ante el Señor que viene, porque viene a juzgar la tierra» (Sal 95, 12-13). Vino una primera vez, y vendrá aún en el futuro. Esta suya palabra resonó antes en el evangelio: «De ahora en adelante veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26, 64). ¿Qué significa: «De ahora en adelante»? ¿Acaso el Señor debe venir ya desde ahora y no después, cuando llorarán todos los pueblos de la tierra? Efectivamente hay una venida que se verifica ya ahora, antes de aquella, y es a través de sus anunciadores. Esta venida ha llenado toda la tierra.
No nos pongamos contra la primera venida para no tener luego que temer la segunda.
¿Qué debe hacer, pues, el cristiano? Servirse del mundo, no hacerse esclavo del mundo. ¿Qué significa esto? Quiere decir tener, pero como si no tuviera. Así dice, en efecto, el Apóstol: «Además, hermanos, el tiempo se ha acortado: de ahora en adelante, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que usan del mundo, como si no lo usaran, porque la escena de este mundo pasa. Yo quisiera veros sin preocupaciones» (1 Cor 7, 29-32).
El que está sin preocupación, espera tranquilo la llegada de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor a Cristo sería el temer que él venga? Hermanos, ¿no nos avergonzamos? ¡Lo amamos y tememos que él venga! Pero ¿lo amamos de verdad o amamos más nuestros pecados? Se nos impone perentoriamente la elección. Si queremos de verdad amar a aquel que debe venir para castigar los pecados, debemos odiar cordialmente todo el mundo del pecado.
Lo queramos o no, él vendrá. Por tanto, no ahora; lo cual obviamente no excluye que vendrá. Vendrá, y cuando no lo esperes. Si te encontrará preparado, no te perjudicará el hecho de no haber conocido de antemano el momento exacto.
«Y se alegrarán todos los árboles del bosque». Vino una primera vez, y luego volverá a juzgar la tierra. Encontrará llenos de alegría a aquellos que en su primera venida «creyeron que volvería».
«Juzgará el mundo con justicia y con verdad a todos los pueblos» (Sal 95, 13). ¿Cuál es esta justicia y verdad? Unirá a sí a sus elegidos para que lo acompañen en el tribunal del juicio, pero separará a los otros entre sí y los pondrá algunos a la derecha, otros a la izquierda. ¿Qué hay más justo, más verdadero, que no esperen misericordia del juez aquellos que no quisieron usar de misericordia, antes de que viniera el juez? Aquellos, en cambio, que quisieron usar de misericordia, serán juzgados con misericordia. Se dirá, en efecto, a aquellos que están a la derecha: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mt 25, 34). Y les atribuye como mérito las obras de misericordia: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25, 35-40) con lo que sigue.
A aquellos que están a la izquierda, luego, ¿qué les será reprochado? Que no quisieron hacer obras de misericordia. Y ¿adónde irán?: «Al fuego eterno» (Mt 25, 41). Esta terrible sentencia suscitará en ellos un llanto amargo. Pero ¿qué dice el salmo? «El justo será siempre recordado; no temerá anuncio de desgracia» (Sal 111, 6-7). ¿Qué es este «anuncio de desgracia»? «Apartaos de mí al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles» (Mt 25, 41). El que se alegrará por la buena sentencia no temerá la de condenación. Esta es la justicia, esta es la verdad. ¿O acaso porque tú eres injusto, el juez no será justo?
¿O acaso porque tú eres mentiroso, la verdad no dirá lo que es verdadero? Pero si quieres encontrar al juez misericordioso, sé también tú misericordioso antes de que él llegue. Perdona si alguien te ha ofendido, reparte lo superfluo. Y ¿de quién proviene aquello que donas, si no de él? Si tú dieras de lo tuyo sería una limosna, pero como das de lo suyo, ¡no es más que una restitución! «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4, 7).
Estas son las ofrendas más agradables a Dios: la misericordia, la humildad, la confesión, la paz, la caridad. Son estas las cosas que debemos llevar con nosotros y entonces esperaremos con seguridad la venida del juez que «Juzgará el mundo con justicia y con verdad a todos los pueblos» (Sal 95, 13).
Del «Comentario sobre los salmos» de san Agustín, obispo
¿Qué debe hacer, pues, el cristiano? Servirse del mundo, no hacerse esclavo del mundo. ¿Qué significa esto? Quiere decir tener, pero como si no tuviera. Así dice, en efecto, el Apóstol: «Además, hermanos, el tiempo se ha acortado: de ahora en adelante, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que usan del mundo, como si no lo usaran, porque la escena de este mundo pasa. Yo quisiera veros sin preocupaciones» (1 Cor 7, 29-32).
El que está sin preocupación, espera tranquilo la llegada de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor a Cristo sería el temer que él venga? Hermanos, ¿no nos avergonzamos? ¡Lo amamos y tememos que él venga! Pero ¿lo amamos de verdad o amamos más nuestros pecados? Se nos impone perentoriamente la elección. Si queremos de verdad amar a aquel que debe venir para castigar los pecados, debemos odiar cordialmente todo el mundo del pecado.
Lo queramos o no, él vendrá. Por tanto, no ahora; lo cual obviamente no excluye que vendrá. Vendrá, y cuando no lo esperes. Si te encontrará preparado, no te perjudicará el hecho de no haber conocido de antemano el momento exacto.
«Y se alegrarán todos los árboles del bosque». Vino una primera vez, y luego volverá a juzgar la tierra. Encontrará llenos de alegría a aquellos que en su primera venida «creyeron que volvería».
«Juzgará el mundo con justicia y con verdad a todos los pueblos» (Sal 95, 13). ¿Cuál es esta justicia y verdad? Unirá a sí a sus elegidos para que lo acompañen en el tribunal del juicio, pero separará a los otros entre sí y los pondrá algunos a la derecha, otros a la izquierda. ¿Qué hay más justo, más verdadero, que no esperen misericordia del juez aquellos que no quisieron usar de misericordia, antes de que viniera el juez? Aquellos, en cambio, que quisieron usar de misericordia, serán juzgados con misericordia. Se dirá, en efecto, a aquellos que están a la derecha: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mt 25, 34). Y les atribuye como mérito las obras de misericordia: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25, 35-40) con lo que sigue.
A aquellos que están a la izquierda, luego, ¿qué les será reprochado? Que no quisieron hacer obras de misericordia. Y ¿adónde irán?: «Al fuego eterno» (Mt 25, 41). Esta terrible sentencia suscitará en ellos un llanto amargo. Pero ¿qué dice el salmo? «El justo será siempre recordado; no temerá anuncio de desgracia» (Sal 111, 6-7). ¿Qué es este «anuncio de desgracia»? «Apartaos de mí al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles» (Mt 25, 41). El que se alegrará por la buena sentencia no temerá la de condenación. Esta es la justicia, esta es la verdad. ¿O acaso porque tú eres injusto, el juez no será justo?
¿O acaso porque tú eres mentiroso, la verdad no dirá lo que es verdadero? Pero si quieres encontrar al juez misericordioso, sé también tú misericordioso antes de que él llegue. Perdona si alguien te ha ofendido, reparte lo superfluo. Y ¿de quién proviene aquello que donas, si no de él? Si tú dieras de lo tuyo sería una limosna, pero como das de lo suyo, ¡no es más que una restitución! «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4, 7).
Estas son las ofrendas más agradables a Dios: la misericordia, la humildad, la confesión, la paz, la caridad. Son estas las cosas que debemos llevar con nosotros y entonces esperaremos con seguridad la venida del juez que «Juzgará el mundo con justicia y con verdad a todos los pueblos» (Sal 95, 13).
Del «Comentario sobre los salmos» de san Agustín, obispo