La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo nos santifica. En la ofrenda del sacrificio se cumple lo que prescribió el mismo Salvador, como también lo atestigua Pablo. Esto dice el Apóstol: «El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó pan y, habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que es por vosotros; haced esto en memoria mía. Del mismo modo, después de haber cenado, tomó también la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria mía. Porque todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Cor 11, 23-26).
Por eso el sacrificio se ofrece para que sea anunciada la muerte del Señor y se haga memoria de él, que por nosotros dio su vida. Él mismo dice: «Nadie tiene amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Cristo murió por nosotros. Por eso, cuando hacemos memoria de su muerte, durante el sacrificio, invocamos la venida del Espíritu Santo como don de amor. Nuestra oración pide ese mismo amor por el cual Cristo se dignó ser crucificado por nosotros. También nosotros, mediante la gracia del Espíritu Santo, podemos ser crucificados al mundo y el mundo a nosotros. Somos invitados a imitar a Cristo. Él, en cuanto a su muerte, murió al pecado una vez para siempre; ahora, en cambio, por el hecho de que vive, vive para Dios. Así también nosotros considérenos muertos al pecado, pero vivientes para Dios, en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 10-11).
«Caminamos en una vida nueva» (Rm 6, 4) mediante el don del amor. «Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Nosotros participamos del cuerpo y la sangre del Señor, comemos su pan y bebemos de su copa. Por eso debemos morir al mundo y llevar una vida oculta con Cristo en Dios y crucificar nuestra carne con sus vicios y sus concupiscencias (cf. Col 3, 3; Gal 5, 24).
Todos los fieles que aman a Dios y al prójimo, aunque no beban la copa de la pasión corporal, beben, sin embargo, la copa del amor del Señor. Embriagados por ella, mortifican sus miembros y, habiendo revestido al Señor Jesucristo, no se preocupan por los deseos de la carne ni fijan la mirada en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Así, quien bebe de la copa del Señor custodia la santa caridad, sin la cual nada aprovecha, ni siquiera dar el propio cuerpo a las llamas. Por el don de la caridad nos es dado ser verdaderamente aquello que misticamente celebramos de manera sacramental en el sacrificio.
San Fulgencio de Ruspe, obispo