¿Por qué, hermanos, somos tan poco diligentes en buscar las ocasiones de salvación mutua, y no nos prestamos ayuda recíproca donde la vemos más necesaria, llevando fraternalmente las cargas unos de otros? Para recordárnoslo, el Apóstol dice: «Llevad las cargas unos de otros, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6, 2). Y en otro lugar: Soportaos unos a otros con amor (cf. Ef 4, 2). Esta es, sin duda, la ley de Cristo.
Lo que en mi hermano, por cualquier motivo –ya sea por necesidad, por enfermedad del cuerpo o por ligereza de costumbres– veo que no puede ser corregido, ¿por qué no lo soporto con paciencia? ¿Por qué no lo curo amorosamente, como está escrito: Sus hijos serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas? (cf. Is 66, 12). ¿Acaso porque me falta aquella caridad que todo lo sufre, que es paciente en soportar y benigna en amar según la ley de Cristo? Él, con su pasión, se cargó con nuestros males y, con su compasión, se hizo cargo de nuestros dolores (cf. Is 53, 4), amando a los que llevó y llevando a los que amó. En cambio, aquel que ataca hostilmente al hermano en necesidad, o que tiende emboscadas a su debilidad, de cualquier género que sea, se somete sin duda a la ley del diablo y la pone en práctica. Usemos, pues, comprensión y practiquemos la fraternidad, combatiendo la debilidad y persiguiendo únicamente el vicio.
La conducta más agradable a Dios es aquella que, aunque variada en formas y estilo, sigue con gran sinceridad el amor de Dios y, por Él, el amor al prójimo.
La caridad es el único criterio según el cual todo debe ser hecho o no hecho, cambiado o no cambiado. Es el principio que debe dirigir toda acción y la meta a la que debe tender. Actuando con miras a ella o inspirados por ella, nada es indecoroso y todo es bueno.
Concédanos, pues, esta caridad, Aquel a quien sin ella no podemos agradar, Aquel sin el cual no podemos hacer absolutamente nada, que vive y reina, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» del beato Isaác, abad del monasterio de la Estrella
Lo que en mi hermano, por cualquier motivo –ya sea por necesidad, por enfermedad del cuerpo o por ligereza de costumbres– veo que no puede ser corregido, ¿por qué no lo soporto con paciencia? ¿Por qué no lo curo amorosamente, como está escrito: Sus hijos serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas? (cf. Is 66, 12). ¿Acaso porque me falta aquella caridad que todo lo sufre, que es paciente en soportar y benigna en amar según la ley de Cristo? Él, con su pasión, se cargó con nuestros males y, con su compasión, se hizo cargo de nuestros dolores (cf. Is 53, 4), amando a los que llevó y llevando a los que amó. En cambio, aquel que ataca hostilmente al hermano en necesidad, o que tiende emboscadas a su debilidad, de cualquier género que sea, se somete sin duda a la ley del diablo y la pone en práctica. Usemos, pues, comprensión y practiquemos la fraternidad, combatiendo la debilidad y persiguiendo únicamente el vicio.
La conducta más agradable a Dios es aquella que, aunque variada en formas y estilo, sigue con gran sinceridad el amor de Dios y, por Él, el amor al prójimo.
La caridad es el único criterio según el cual todo debe ser hecho o no hecho, cambiado o no cambiado. Es el principio que debe dirigir toda acción y la meta a la que debe tender. Actuando con miras a ella o inspirados por ella, nada es indecoroso y todo es bueno.
Concédanos, pues, esta caridad, Aquel a quien sin ella no podemos agradar, Aquel sin el cual no podemos hacer absolutamente nada, que vive y reina, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» del beato Isaác, abad del monasterio de la Estrella