El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Quien, pues, quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios (cf. St 4, 4), como nos asegura la Escritura. Así como un hombre no puede servir a dos amos, así nadie puede alegrarse al mismo tiempo en el mundo y en el Señor.
Así que tenga el predominio la alegría en el Señor, hasta que se acabe la alegría en el mundo. Creciente siempre más la alegría en el Señor, mientras la alegría en el mundo disminuya siempre hasta que se acabe. Y nosotros afirmamos esto, no porque no debamos alegrarnos mientras estamos en el mundo, sino porque, aunque vivamos en este mundo, nos alegramos ya en el Señor.
Pero alguien podría objetar: ¿Estoy en el mundo, entonces, si debo gozar, gozo allí donde me encuentro? Pero ¿qué dices? Porque estás en el mundo, ¿no estás acaso en el Señor? Escucha al mismo Apóstol que habla a los atenienses y en los Hechos de los Apóstoles dice de Dios y Señor nuestro creador: «En él, en efecto, vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28).
El que está en todas partes, ¿dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba a esto cuando enseñaba: «El Señor está cerca. No os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6)?
Es una realidad inefable esta: subió sobre todos los cielos y está muy cerca de aquellos que aún se encuentran sobre la tierra. ¿Quién es este, lejos y cercano al mismo tiempo, sino aquel que se ha hecho próximo a nosotros por su misericordia?
Todo el género humano es aquel hombre que yacía a lo largo del camino medio muerto, abandonado por los ladrones. El sacerdote y el levita, pasando, lo despreciaron, pero un samaritano de paso se le acercó para curarlo y prestarle auxilio. Lejos de nosotros, inmortal y justo, él descendió hasta nosotros, que somos mortales y pecadores, para hacerse próximo a nosotros.
«No nos trata según nuestros pecados» (Sal 101, 10). Somos, en efecto, hijos. Y ¿cómo probamos esto? Murió por nosotros el Único, para no quedarse solo. No quiso estar solo, él que murió solo. El Hijo único de Dios engendró muchos hijos de Dios. Se compró hermanos con su sangre. Hizo justos a los reprobados. Dándose, nos redimió; deshonrado, nos honró; muerto, nos procuró la vida.
Por eso, hermanos, alegraos en el Señor, no en el mundo; es decir, alegraos en la verdad, no en el pecado; alegraos en la esperanza de la eternidad, no en las flores de la vanidad. Así alegraos: y dondequiera y por todo el tiempo que estéis en este mundo, «el Señor está cerca. No os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6).
De los Discursos de san Agustín, obispo
Así que tenga el predominio la alegría en el Señor, hasta que se acabe la alegría en el mundo. Creciente siempre más la alegría en el Señor, mientras la alegría en el mundo disminuya siempre hasta que se acabe. Y nosotros afirmamos esto, no porque no debamos alegrarnos mientras estamos en el mundo, sino porque, aunque vivamos en este mundo, nos alegramos ya en el Señor.
Pero alguien podría objetar: ¿Estoy en el mundo, entonces, si debo gozar, gozo allí donde me encuentro? Pero ¿qué dices? Porque estás en el mundo, ¿no estás acaso en el Señor? Escucha al mismo Apóstol que habla a los atenienses y en los Hechos de los Apóstoles dice de Dios y Señor nuestro creador: «En él, en efecto, vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28).
El que está en todas partes, ¿dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba a esto cuando enseñaba: «El Señor está cerca. No os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6)?
Es una realidad inefable esta: subió sobre todos los cielos y está muy cerca de aquellos que aún se encuentran sobre la tierra. ¿Quién es este, lejos y cercano al mismo tiempo, sino aquel que se ha hecho próximo a nosotros por su misericordia?
Todo el género humano es aquel hombre que yacía a lo largo del camino medio muerto, abandonado por los ladrones. El sacerdote y el levita, pasando, lo despreciaron, pero un samaritano de paso se le acercó para curarlo y prestarle auxilio. Lejos de nosotros, inmortal y justo, él descendió hasta nosotros, que somos mortales y pecadores, para hacerse próximo a nosotros.
«No nos trata según nuestros pecados» (Sal 101, 10). Somos, en efecto, hijos. Y ¿cómo probamos esto? Murió por nosotros el Único, para no quedarse solo. No quiso estar solo, él que murió solo. El Hijo único de Dios engendró muchos hijos de Dios. Se compró hermanos con su sangre. Hizo justos a los reprobados. Dándose, nos redimió; deshonrado, nos honró; muerto, nos procuró la vida.
Por eso, hermanos, alegraos en el Señor, no en el mundo; es decir, alegraos en la verdad, no en el pecado; alegraos en la esperanza de la eternidad, no en las flores de la vanidad. Así alegraos: y dondequiera y por todo el tiempo que estéis en este mundo, «el Señor está cerca. No os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6).
De los Discursos de san Agustín, obispo