El Verbo de Dios fue generado según la carne una sola vez. Ahora, por su benignidad hacia el hombre, desea ardientemente nacer según el espíritu en aquellos que lo quieren y se hace niño que crece con el crecimiento de sus virtudes. Se manifiesta en la medida de la que sabe capaz quien lo recibe. No restringe la inmensa visión de su grandeza por envidia y celos, sino que examina, casi midiendo, la capacidad de aquellos que desean verlo. Así, el Verbo de Dios, aunque se manifiesta en la medida de aquellos que participan de él, permanece sin embargo siempre inescrutable para todos, dada la elevación del misterio. Por esta razón, el Apóstol de Dios, considerando con sabiduría la magnitud del misterio, dice: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hb 13, 8), entendiendo de este modo que el misterio es siempre nuevo y no envejece jamás para la comprensión de ninguna mente humana.
Cristo Dios nace y se hace hombre, tomando un cuerpo dotado de un alma inteligente, él, que había concedido a las cosas salir de la nada. Del oriente, una estrella que brilla en pleno día guía a los magos hacia el lugar donde el Verbo tomó carne, para demostrar místicamente que el Verbo contenido en la ley y en los profetas supera todo conocimiento de los sentidos y conduce a las gentes a la suprema luz del conocimiento.
En efecto, la palabra de la ley y de los profetas, al modo de una estrella, rectamente entendida, conduce a reconocer al Verbo encarnado a aquellos que en virtud de la gracia han sido llamados según el beneplácito divino.
Dios se hace hombre perfecto, sin cambiar nada de lo que es propio de la naturaleza humana, salvo, por supuesto, el pecado, que de hecho no le pertenece. Se hace hombre para provocar al dragón infernal, ávido e impaciente de devorar a su presa, es decir, la humanidad de Cristo. Cristo, en efecto, le da de comer su carne. Pero esa carne debía convertirse para el diablo en veneno. La carne derribaba totalmente al monstruo con el poder de la divinidad que en ella se ocultaba. Para la naturaleza humana, en cambio, habría sido el remedio, porque la habría devuelto a la gracia original con la fuerza de la divinidad en ella presente.
Así como el dragón, habiendo instilado su veneno en el árbol del conocimiento, había arruinado al género humano, haciéndoselo saborear, así también el mismo, presumiendo devorar la carne del Señor, fue arruinado y destronado por el poder de la divinidad que estaba en ella.
Pero el gran misterio de la encarnación divina permanece siempre un misterio. En efecto, ¿cómo puede el Verbo, que con su persona está esencialmente en la carne, ser al mismo tiempo como persona y esencialmente todo en el Padre? ¿Cómo puede el mismo Verbo, totalmente Dios por naturaleza, hacerse totalmente hombre por naturaleza? ¿Y esto sin renunciar en nada ni a la naturaleza divina, por la cual es Dios, ni a la nuestra, por la cual se ha hecho hombre? 
Solo la fe llega a estos misterios, ella que es la sustancia y la base de aquellas cosas que superan toda comprensión de la mente humana.

San Máximo el Confesor, abad