Hemos recorrido las aldeas de los neófitos, que pocos años atrás habían recibido los sacramentos cristianos. Esta zona no está habitada por portugueses, porque es extremadamente estéril y pobre, y los cristianos indígenas, desprovistos de sacerdotes, no saben nada más que ser cristianos. No hay nadie que celebre las funciones sagradas, nadie que les enseñe el Credo, el Padre nuestro, el Ave y los Mandamientos de la ley divina.
Desde que llegué aquí, no me he detenido ni un instante; recorro con asiduidad las aldeas, administro el bautismo a los niños que aún no lo han recibido. Así he salvado a un número grandísimo de niños, los cuales, como se dice, no sabían distinguir la derecha de la izquierda. Los niños luego no me dejan ni decir la Oración Divina, ni tomar alimento, ni descansar hasta que no les he enseñado alguna oración; entonces he comenzado a comprender que a ellos pertenece el reino de los cielos.
Por lo tanto, no pudiendo sin impiedad rechazar una petición tan justa, comenzando por la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo apostólico, el Padre nuestro y el Ave María. Me he dado cuenta de que son muy inteligentes y, si hubiera alguien que los instruyera en la ley cristiana, no dudo de que se convertirían en excelentes cristianos.
Muchos, en estos lugares, no se hacen cristianos ahora solamente porque falta quien los haga cristianos. Muy a menudo me viene a la mente recorrer las Universidades de Europa, especialmente la de París, y ponerme a gritar aquí y allá como un loco y sacudir a aquellos que tienen más ciencia que caridad con estas palabras: ¡Ay!, ¡qué gran número de almas, por culpa vuestra, es excluido del cielo y arrojado al infierno!
¡Oh! si estos, como se ocupan de las letras, se dieran también cuidado de esto, para poder dar cuenta a Dios de la ciencia y de los talentos recibidos!
En verdad, muchos de estos, turbados por este pensamiento, entregándose a la meditación de las cosas divinas, se dispondrían a escuchar lo que el Señor dice a su corazón y, dejando de lado sus deseos y los asuntos humanos, se pondrían totalmente a disposición de la voluntad de Dios. Gritarían ciertamente desde lo profundo de su corazón: «Señor, aquí estoy; ¿qué quieres que yo haga?» (Hch 9, 6 Vulgata). Envíame donde quieras, quizás también a la India.
De las «Cartas» a san Ignacio de San Francisco Javier, sacerdote
Desde que llegué aquí, no me he detenido ni un instante; recorro con asiduidad las aldeas, administro el bautismo a los niños que aún no lo han recibido. Así he salvado a un número grandísimo de niños, los cuales, como se dice, no sabían distinguir la derecha de la izquierda. Los niños luego no me dejan ni decir la Oración Divina, ni tomar alimento, ni descansar hasta que no les he enseñado alguna oración; entonces he comenzado a comprender que a ellos pertenece el reino de los cielos.
Por lo tanto, no pudiendo sin impiedad rechazar una petición tan justa, comenzando por la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo apostólico, el Padre nuestro y el Ave María. Me he dado cuenta de que son muy inteligentes y, si hubiera alguien que los instruyera en la ley cristiana, no dudo de que se convertirían en excelentes cristianos.
Muchos, en estos lugares, no se hacen cristianos ahora solamente porque falta quien los haga cristianos. Muy a menudo me viene a la mente recorrer las Universidades de Europa, especialmente la de París, y ponerme a gritar aquí y allá como un loco y sacudir a aquellos que tienen más ciencia que caridad con estas palabras: ¡Ay!, ¡qué gran número de almas, por culpa vuestra, es excluido del cielo y arrojado al infierno!
¡Oh! si estos, como se ocupan de las letras, se dieran también cuidado de esto, para poder dar cuenta a Dios de la ciencia y de los talentos recibidos!
En verdad, muchos de estos, turbados por este pensamiento, entregándose a la meditación de las cosas divinas, se dispondrían a escuchar lo que el Señor dice a su corazón y, dejando de lado sus deseos y los asuntos humanos, se pondrían totalmente a disposición de la voluntad de Dios. Gritarían ciertamente desde lo profundo de su corazón: «Señor, aquí estoy; ¿qué quieres que yo haga?» (Hch 9, 6 Vulgata). Envíame donde quieras, quizás también a la India.
De las «Cartas» a san Ignacio de San Francisco Javier, sacerdote