«Escucha, oh Dios, mi clamor, y presta atención a mi oración» (Sal 60, 1). ¿Quién es el que habla? Parecería una sola persona. Pero observa bien si se trata realmente de una sola persona. Dice, en efecto: «Desde los confines de la tierra te invoco; cuando mi corazón está angustiado» (Sal 60, 2).
Así que no se trata ya de un solo individuo: pero, en tanto parece uno, en cuanto uno solo es Cristo, del cual nosotros todos somos miembros. Una sola persona, en efecto, ¿cómo podría clamar desde los confines de la tierra? Desde los confines de la tierra no clama sino aquella herencia, de la cual fue dicho al propio Hijo: «Pídeme, y te daré las naciones por herencia, y por dominio los confines de la tierra» (Sal 2, 8).
Así, pues, es esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta única Iglesia de Cristo, esta unidad, que nosotros todos formamos y somos, la que clama desde los confines de la tierra.
¿Y qué clama? Lo que he dicho arriba: «Escucha, oh Dios, mi clamor, y presta atención a mi oración; desde los confines de la tierra te invoco». Es decir, lo que he clamado a ti, lo he clamado desde los confines de la tierra: es decir, desde todo lugar.
Mas, ¿por qué he clamado esto? Porque mi corazón está en angustia. Muestra de encontrarse entre todas las gentes, sobre toda la tierra, no en gran gloria, sino en medio de grandes pruebas.
En efecto, nuestra vida en este peregrinaje no puede estar exenta de pruebas y nuestro progreso se cumple a través de la tentación. Nadie puede conocerse a sí mismo, si no es tentado, ni puede ser coronado sin haber vencido, ni puede vencer sin combatir; pero el combate supone un enemigo, una prueba.
Por tanto, se encuentra en angustia el que clama desde los confines de la tierra, pero no obstante no es abandonado. Porque el Señor quiso prefigurar a nosotros, que somos su cuerpo místico, en las vicisitudes de su cuerpo real, en el cual él murió, resucitó y subió al cielo. De este modo también los miembros pueden esperar llegar allí donde la Cabeza los ha precedido.
Así, pues, él nos ha como transfigurado en sí, cuando quiso ser tentado por Satanás. Leíamos ahora en el evangelio que el Señor Jesús era tentado por el diablo en el desierto. Precisamente Cristo fue tentado por el diablo, pero en Cristo eras tentado también tú. Porque Cristo tomó de ti su carne, pero de sí tu salvación, de ti la muerte, de sí tu vida, de ti la humillación, de sí tu gloria, así que tomó de ti su tentación, de sí tu victoria.
Si hemos sido tentados en él, será precisamente en él que venceremos al diablo. Tú fijas tu atención en el hecho de que Cristo fue tentado; ¿por qué no consideras que él ha también vencido? Fuiste tú a ser tentado en él, pero reconoce también que en él tú eres vencedor. Él habría podido tener lejos de sí al diablo; pero, si no se hubiera dejado tentar, no te habría enseñado a vencer, cuando eres tentado.
Del «Comentario sobre los salmos» de san Agustín, obispo
Así que no se trata ya de un solo individuo: pero, en tanto parece uno, en cuanto uno solo es Cristo, del cual nosotros todos somos miembros. Una sola persona, en efecto, ¿cómo podría clamar desde los confines de la tierra? Desde los confines de la tierra no clama sino aquella herencia, de la cual fue dicho al propio Hijo: «Pídeme, y te daré las naciones por herencia, y por dominio los confines de la tierra» (Sal 2, 8).
Así, pues, es esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta única Iglesia de Cristo, esta unidad, que nosotros todos formamos y somos, la que clama desde los confines de la tierra.
¿Y qué clama? Lo que he dicho arriba: «Escucha, oh Dios, mi clamor, y presta atención a mi oración; desde los confines de la tierra te invoco». Es decir, lo que he clamado a ti, lo he clamado desde los confines de la tierra: es decir, desde todo lugar.
Mas, ¿por qué he clamado esto? Porque mi corazón está en angustia. Muestra de encontrarse entre todas las gentes, sobre toda la tierra, no en gran gloria, sino en medio de grandes pruebas.
En efecto, nuestra vida en este peregrinaje no puede estar exenta de pruebas y nuestro progreso se cumple a través de la tentación. Nadie puede conocerse a sí mismo, si no es tentado, ni puede ser coronado sin haber vencido, ni puede vencer sin combatir; pero el combate supone un enemigo, una prueba.
Por tanto, se encuentra en angustia el que clama desde los confines de la tierra, pero no obstante no es abandonado. Porque el Señor quiso prefigurar a nosotros, que somos su cuerpo místico, en las vicisitudes de su cuerpo real, en el cual él murió, resucitó y subió al cielo. De este modo también los miembros pueden esperar llegar allí donde la Cabeza los ha precedido.
Así, pues, él nos ha como transfigurado en sí, cuando quiso ser tentado por Satanás. Leíamos ahora en el evangelio que el Señor Jesús era tentado por el diablo en el desierto. Precisamente Cristo fue tentado por el diablo, pero en Cristo eras tentado también tú. Porque Cristo tomó de ti su carne, pero de sí tu salvación, de ti la muerte, de sí tu vida, de ti la humillación, de sí tu gloria, así que tomó de ti su tentación, de sí tu victoria.
Si hemos sido tentados en él, será precisamente en él que venceremos al diablo. Tú fijas tu atención en el hecho de que Cristo fue tentado; ¿por qué no consideras que él ha también vencido? Fuiste tú a ser tentado en él, pero reconoce también que en él tú eres vencedor. Él habría podido tener lejos de sí al diablo; pero, si no se hubiera dejado tentar, no te habría enseñado a vencer, cuando eres tentado.
Del «Comentario sobre los salmos» de san Agustín, obispo