Dice el Señor: «No fortalecisteis a las ovejas débiles, no curasteis a las enfermas» (Ez 34, 4). Habla a los malos pastores, a los falsos pastores, a los pastores que buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo, que están muy atentos a los beneficios de su oficio, pero que no tienen en absoluto cuidado del rebaño, y no refuerzan a quien está enfermo.

Puesto que se habla de enfermos y de dolientes, aunque parece tratarse de lo mismo, se podría admitir una diferencia. En efecto, a considerar bien las palabras en sí mismas, enfermo es propiamente quien ya ha sido tocado por el mal, mientras que doliente es aquel que no está firme y por tanto solo es débil.

Para quien es débil hay que temer que la tentación lo asalte y lo derribe. El enfermo, en cambio, ya está afectado por alguna pasión, y esta le impide entrar en el camino de Dios, someterse al yugo de Cristo.

Algunos hombres, que quieren vivir bien y han hecho ya el propósito de vivir virtuosamente, tienen menor capacidad de soportar el mal que disposición para hacer el bien. Ahora bien, es propio de la virtud cristiana no solo operar el bien, sino también saber soportar los males. Por tanto, aquellos que parecen fervorosos en hacer el bien, pero no quieren o no saben soportar las sufrimientos que se suceden, son dolientes, es decir, débiles. Pero quien ama al mundo por algún deseo insano y se aparta incluso de las mismas obras buenas, ya está vencido por el mal y está enfermo. La enfermedad lo hace como desprovisto de fuerzas e incapaz de hacer algo bueno. Tal era en el alma aquel paralítico que no pudo ser introducido delante del Señor. Entonces aquellos que lo transportaban abrieron el techo y de allí lo bajaron. También tú debes comportarte como si quisieras hacer lo mismo en el mundo interior del hombre: descorchar su techo y depositar delante del Señor el alma misma paralítica, debilitada en todas las miembros e incapaz de hacer obras buenas, oprimida por sus pecados y sufriendo por la enfermedad de su codicia.

El médico está, está oculto y se halla dentro del corazón. Este es el verdadero sentido oculto de la Escritura por explicar. Si, pues, te encuentras delante de un enfermo encorvado en las miembros y golpeado por una parálisis interior, para hacerlo llegar al médico, abre el techo y deja bajar al paralítico, es decir, hazlo entrar en sí mismo y descúbrele lo que está oculto en los pliegues de su corazón. Muéstrale su mal y el médico que debe curarlo.

¿A quien descuida de hacer esto, habéis oído qué reproche se le dirige? Este: «No fortalecisteis a las ovejas débiles, no curasteis a las enfermas, no vengasteis a las heridas» (Ez 34, 4). El herido del que se habla aquí es, como ya hemos dicho, aquel que se encuentra como aterrorizado por las tentaciones. La medicina que hay que ofrecer en tal caso está contenida en estas palabras consoladoras: «Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas, sino que con la tentación os dará también la salida y la fuerza para soportarla» (1 Cor 10, 13).

Santo Agustín, obispo