Hay un género de simplicidad que mejor sería llamar ignorancia. Consiste en no saber siquiera lo que sea la rectitud. Muchos abandonan la inocencia de la verdadera simplicidad, precisamente porque no saben elevarse a la virtud y a la honestidad. Puesto que carecen de la verdadera prudencia, que consiste en la vida buena, su simplicidad nunca será sinónimo de inocencia. Por eso Pablo amonesta a los discípulos: «Quiero que seáis prudentes en el bien e íntegros en el mal» (Rm 16, 19). Y añade: «No seáis niños en el modo de pensar, sino niños en el mal, pero prudentes en el bien» (1 Cor 14, 20).
Por esto también la misma Verdad manda a los discípulos: «Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10, 16). Unió necesariamente la una y la otra cosa en su amonestación, de modo que la astucia de la serpiente instruya a la simplicidad de la paloma, y la simplicidad de la paloma modere la astucia de la serpiente.
Por esto el Espíritu Santo manifestó su presencia a los hombres bajo forma no solamente de paloma, sino también de fuego. En la paloma se indica la simplicidad, en el fuego el ardor por el bien. Se muestra en forma de paloma y en fuego, porque los que están llenos de él, practican una forma tal de mansedumbre y de simplicidad, que se inflaman de ardor por las cosas santas y bellas y de odio por el mal.
«Hombre íntegro y recto, temía a Dios y se apartaba del mal» (Gb 1, 1). Quien tiende a la patria eterna vive indudablemente con simplicidad y rectitud: es simple, es decir, en el obrar, recto en la fe; simple en el bien material que hace, recto en los bienes espirituales que percibe en su interior. Hay, en efecto, algunos que no son simples en el bien que hacen, porque en él buscan no la recompensa interior, sino el aplauso exterior. Por eso dijo bien un sabio: «¡Ay del pecador que camina por dos caminos!» (Sir 2, 12). Ahora bien, el pecador camina por dos caminos, cuando hace lo que es de Dios, pero desea y busca lo que es del mundo.
Bien también está dicho: «Temía a Dios y se apartaba del mal»; porque la santa Iglesia de los elegidos emprende con temor los caminos de su simplicidad y rectitud, pero los lleva a término en la caridad. Uno se aparta completamente del mal, cuando por amor de Dios empieza a no querer ya pecar. Si en cambio hace aún el bien por temor, no se ha apartado del todo del mal; y peca por esto, porque estaría dispuesto a pecar, si pudiera hacerlo impunemente.
Por eso, cuando se dice que Job teme a Dios, con justicia se dice también que se apartaba del mal, puesto que mientras la caridad sustituye al temor, la culpa que es abandonada por la conciencia, es también pisoteada por la intención de la voluntad.

Del «Comentario al libro de Job» de san Gregorio Magno, papa