No debemos regular nuestra actitud hacia los pobres por lo que aparece externamente en ellos, ni tampoco en base a sus cualidades interiores. Debemos considerarlos más bien a la luz de la fe. El Hijo de Dios quiso ser pobre, y ser representado por los pobres. En su pasión no tenía casi figura de hombre; aparecía como un loco ante los gentiles, una piedra de escándalo para los judíos; y, sin embargo, se califica a sí mismo como evangelizador de los pobres: «Me ha enviado para anunciar a los pobres un gozoso mensaje» (Lc 4, 18).

Debemos entrar en estos sentimientos y hacer lo que Jesús hizo: cuidar a los pobres, consolarlos, socorrerlos, recomendarlos. Él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en el lugar de los pobres, hasta el punto de decir que el bien o el mal que hagamos a los pobres lo tendrá como hecho a su persona divina. Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a los que aman a los pobres. En realidad, cuando se ama mucho a alguien, se lleva afecto a sus amigos y a sus servidores. Así tenemos razón de esperar que, por amor a ellos, Dios nos amará también a nosotros.

Cuando vamos a visitarlos, esforcémonos por comprenderlos para sufrir con ellos, y por ponernos en la disposición interior del Apóstol que decía: «Me he hecho todo a todos» (1 Cor 9, 22). Esforcémonos, por tanto, por volverse sensibles a los sufrimientos y a las miserias del prójimo. Oremos a Dios, para esto, que nos conceda el espíritu de misericordia y de amor, que nos lo llene y que nos lo conserve.

El servicio a los pobres debe ser preferido a todo. No deben haber retrasos. Si en la hora de la oración tenéis que llevar una medicina o un socorro a un pobre, id tranquilamente.

Ofreced a Dios vuestra acción, uniendo la intención de la oración. No debéis preocuparos ni creer haber faltado, si por el servicio a los pobres habéis dejado la oración. No es dejar a Dios cuando se deja a Dios por Dios, es decir, una obra de Dios para hacer otra. Si dejáis la oración para asistir a un pobre, sabed que hacer esto es servir a Dios. La caridad es superior a todas las reglas, y todo debe referirse a ella. Es una gran señora: hay que hacer lo que manda.

Todos los que amen a los pobres en vida no tendrán ningún temor de la muerte. Sirvamos, pues, con renovado amor a los pobres y busquemos a los más abandonados. Ellos son nuestros señores y amos.

San Vicente de Paúl