Tres son los elementos que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la palabra y el pensamiento. Primero entre ellos está el pensamiento, en segundo lugar viene la palabra que descubre y manifiesta con vocablos lo que ha sido concebido con el pensamiento. Después, en tercer lugar, se coloca la acción, que traduce en hechos lo que ha sido pensado.

Si, por tanto, alguna de las muchas cosas posibles nos lleva naturalmente a pensar, a hablar o a actuar, es necesario que cada uno de nuestros dichos, hechos o pensamientos esté dirigido y regulado por aquellas normas con las que Cristo se ha manifestado, de modo que no pensemos, ni digamos, ni hagamos nada norma sublime.

¿Y qué otro, pues, debería hacer aquel que ha sido hecho digno del gran nombre de Cristo, sino explorar diligentemente cada uno de sus pensamientos, palabras y acciones, y ver si cada uno de ellos tiende a Cristo o si se aleja de él?

De muchas maneras se puede hacer este importante examen. En efecto, todo lo que se hace o se piensa o se dice, bajo el impulso de alguna mala pasión, esto no se ajusta en absoluto a Cristo, sino que lleva más bien la marca y la huella del enemigo, el cual mezcla al precioso peral del corazón el lodo de viles codicias para opacar y deformar el límpido esplendor de la perla.

Lo que, en cambio, es libre y puro de toda sucia voluntad, esto está ciertamente dirigido al autor y príncipe de la paz, Cristo. Quien bebe y deriva de él, como de una fuente pura e incorrupta, los sentimientos y los afectos de su corazón, presentará, con su principio y su origen, tal semejanza cual puede tener con su fuente el agua, que corre en el arroyo o brilla en la ánfora.

En efecto, la pureza que está en Cristo y la que está en nuestros corazones es la misma. Pero la de Cristo se identifica con la fuente; la nuestra, en cambio, mana de él y corre en nosotros, arrastrando consigo por el camino la belleza y honestidad de los pensamientos, de modo que aparezca una cierta coherencia y armonía entre el hombre interior y el exterior, dado que los pensamientos y los sentimientos, que provienen de Cristo, regulan la vida y la guían en el orden y en la santidad.

En esto, pues, a mi juicio, está la perfección de la vida cristiana, en la plena asimilación y en la concreta realización de todos los títulos expresados por el nombre de Cristo, tanto en el ámbito interior del corazón, como en el exterior de la palabra y de la acción.

San Gregorio de Nisa, obispo