Has recibido el sacerdocio y, situándote en la popa de la Iglesia, guías la nave sobre las olas. Mantén firme el timón de la fe para que las violentas tormentas de este mundo no puedan perturbar su curso. El mar es verdaderamente grande, inmenso; pero no tengas miedo, porque «Él lo fundó sobre los mares, y sobre los ríos lo estableció» (Sal 23, 2).
Por eso no sin motivo, entre las muchas corrientes del mundo, la Iglesia permanece inmóvil, construida sobre la piedra apostólica, y permanece sobre su fundamento inquebrantable contra la furia del mar en tormenta. Es golpeada por las olas pero no es sacudida y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo al romperse resuenan con gran estruendo, ella tiene, sin embargo, un puerto segurísimo de salvación donde acoger a quien está fatigado. Si, no obstante, es azotada por las olas en el mar, también corre sobre los ríos, sobre aquellos ríos principalmente de los cuales se dice: Los ríos han alzado su voz (cf. Sal 92, 3). Hay, en efecto, ríos que brotan del corazón de aquel que ha sido saciado por Cristo y ha recibido el Espíritu de Dios. Estos ríos, cuando rebosan de gracia espiritual, alzan su voz.
Hay luego un río que se derrama sobre sus santos como un torrente. Cualquiera que haya recibido de la plenitud de este río, como el evangelista Juan, como Pedro y Pablo, alza su voz; y como los apóstoles difundieron la voz de la predicación evangélica con festivo anuncio hasta los confines de la tierra, así también este río comienza a anunciar al Señor. Recíbelo, pues, de Cristo, para que también tu voz se haga oír.
Reúne el agua de Cristo, aquel agua que alaba al Señor. Reúne de muchos lugares el agua que dejan caer las nubes de los profetas. Quien reúne agua de las montañas y la dirige hacia sí, o saca de las fuentes, él también, como las nubes, la derrama sobre otros. Llena, pues, el fondo de tu alma, para que tu terreno sea regado e irrigado por fuentes propias. Se llena quien lee mucho y penetra el sentido de lo que lee; y quien se ha llenado puede regar a otros. La Escritura dice: «Si las nubes están llenas de agua, la derraman sobre la tierra» (Qo 11, 3).
Tus sermones sean fluentes, puros, cristalinos, para que tu enseñanza moral suene dulce a los oídos de la gente y la gracia de tus palabras conquiste a los oyentes, para que te sigan dócilmente a donde tú los conduces. Tu discurso sea lleno de sabiduría. También Salomón afirma: Los labios del sabio son las armas de la Sabiduría, y en otro lugar: Que tus labios estén bien adheridos a la idea: es decir, la exposición de tus discursos sea lucida, brille claro el sentido sin necesidad de explicaciones añadidas; tu discurso sepa sostenerse y defenderse a sí mismo, y no salga de ti palabra vana o carente de sentido.
De las «Cartas» de san Ambrosio, obispo
Por eso no sin motivo, entre las muchas corrientes del mundo, la Iglesia permanece inmóvil, construida sobre la piedra apostólica, y permanece sobre su fundamento inquebrantable contra la furia del mar en tormenta. Es golpeada por las olas pero no es sacudida y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo al romperse resuenan con gran estruendo, ella tiene, sin embargo, un puerto segurísimo de salvación donde acoger a quien está fatigado. Si, no obstante, es azotada por las olas en el mar, también corre sobre los ríos, sobre aquellos ríos principalmente de los cuales se dice: Los ríos han alzado su voz (cf. Sal 92, 3). Hay, en efecto, ríos que brotan del corazón de aquel que ha sido saciado por Cristo y ha recibido el Espíritu de Dios. Estos ríos, cuando rebosan de gracia espiritual, alzan su voz.
Hay luego un río que se derrama sobre sus santos como un torrente. Cualquiera que haya recibido de la plenitud de este río, como el evangelista Juan, como Pedro y Pablo, alza su voz; y como los apóstoles difundieron la voz de la predicación evangélica con festivo anuncio hasta los confines de la tierra, así también este río comienza a anunciar al Señor. Recíbelo, pues, de Cristo, para que también tu voz se haga oír.
Reúne el agua de Cristo, aquel agua que alaba al Señor. Reúne de muchos lugares el agua que dejan caer las nubes de los profetas. Quien reúne agua de las montañas y la dirige hacia sí, o saca de las fuentes, él también, como las nubes, la derrama sobre otros. Llena, pues, el fondo de tu alma, para que tu terreno sea regado e irrigado por fuentes propias. Se llena quien lee mucho y penetra el sentido de lo que lee; y quien se ha llenado puede regar a otros. La Escritura dice: «Si las nubes están llenas de agua, la derraman sobre la tierra» (Qo 11, 3).
Tus sermones sean fluentes, puros, cristalinos, para que tu enseñanza moral suene dulce a los oídos de la gente y la gracia de tus palabras conquiste a los oyentes, para que te sigan dócilmente a donde tú los conduces. Tu discurso sea lleno de sabiduría. También Salomón afirma: Los labios del sabio son las armas de la Sabiduría, y en otro lugar: Que tus labios estén bien adheridos a la idea: es decir, la exposición de tus discursos sea lucida, brille claro el sentido sin necesidad de explicaciones añadidas; tu discurso sepa sostenerse y defenderse a sí mismo, y no salga de ti palabra vana o carente de sentido.
De las «Cartas» de san Ambrosio, obispo