¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8, 5). ¿Qué nuevo y gran misterio envuelve mi existencia? ¿Por qué soy pequeño y al mismo tiempo grande, humilde o excelso, mortal e inmortal, terrenal pero a la vez celestial? La primera condición viene del mundo inferior, la otra de Dios; aquella de la esfera material, esta del espíritu.
Es necesario que yo sea sepultado con Cristo, que resucite con Cristo, que sea coheredero con Cristo, que me haga hijo de Dios, sino más bien que me haga el mismo Dios.
He aquí la profunda realidad que está contenida en este nuevo y gran misterio. Dios ha asumido plenamente nuestra humanidad y se hizo pobre para resucitar la carne, salvar su imagen primitiva y restaurar así al hombre para que nos hagamos una sola cosa con Cristo. Él se ha comunicado enteramente a nosotros. Todo lo que él es, se ha hecho completamente nuestro. En todo aspecto nosotros somos él. Por él llevamos en nosotros la imagen de Dios, del cual y para el cual fuimos creados. La fisonomía y la huella que nos caracteriza es la de Dios. Por eso solo él puede reconocernos por lo que somos. En consecuencia, pasan a segundo plano las diferencias y distinciones físicas y sociales, que ciertamente existen entre los hombres. Por esto se puede decir que ya no hay varón ni mujer, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni libre (cf. Col 3, 11).
Dios quiera que también en el futuro logremos llegar a ser lo que esperamos ser y que el amor de Dios nos ha preparado! Él poco nos exige, pero ahora y siempre hace grandes dones a los que lo aman. Y entonces, llenos de esperanza en él, sufrimos todo y lo soportamos todo con alegría. Tenemos el valor de darle gracias siempre y en todas partes, en la alegría y en el dolor. Convencámonos de que las tribulaciones son instrumento de salvación. Y luego no olvidemos recomendar al Señor nuestras almas y también las de aquellos que nos han precedido en el común viaje hacia la casa paterna.
Oh Señor, tú eres quien has creado todas las cosas, tú quien has modelado mi ser. Tú eres Dios, Padre y guía de todos los hombres. Eres el soberano de la vida y de la muerte. Eres la defensa y la salvación de nuestras almas. Eres tú quien hace todo. Eres tú quien diriges el progreso de todas las cosas, eligiendo los momentos más oportunos y obedeciendo a tu infinita sabiduría y providencia y siempre a través de tu palabra.
Recibe entre tus brazos, oh Señor, a mi hermano mayor que nos ha dejado. A su tiempo recíbenos también a nosotros, después de habernos guiado a lo largo del peregrinaje terrenal hasta la meta por ti establecida. Haz que nos presentemos ante ti bien preparados y serenos, no alterados por el temor, no en estado de enemistad hacia ti, al menos en el último día, el de nuestra partida. Haz que no nos sintamos como arrancados y desarraigados por la fuerza del mundo y de la vida y que no nos pongamos por tanto a regañadientes en camino. Haz en cambio que vengamos serenos y bien dispuestos, como quien parte para la vida feliz que no termina nunca, para esa vida que es en Cristo Jesús, Señor Nuestro, al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de San Gregorio de Nacianzo, obispo
Es necesario que yo sea sepultado con Cristo, que resucite con Cristo, que sea coheredero con Cristo, que me haga hijo de Dios, sino más bien que me haga el mismo Dios.
He aquí la profunda realidad que está contenida en este nuevo y gran misterio. Dios ha asumido plenamente nuestra humanidad y se hizo pobre para resucitar la carne, salvar su imagen primitiva y restaurar así al hombre para que nos hagamos una sola cosa con Cristo. Él se ha comunicado enteramente a nosotros. Todo lo que él es, se ha hecho completamente nuestro. En todo aspecto nosotros somos él. Por él llevamos en nosotros la imagen de Dios, del cual y para el cual fuimos creados. La fisonomía y la huella que nos caracteriza es la de Dios. Por eso solo él puede reconocernos por lo que somos. En consecuencia, pasan a segundo plano las diferencias y distinciones físicas y sociales, que ciertamente existen entre los hombres. Por esto se puede decir que ya no hay varón ni mujer, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni libre (cf. Col 3, 11).
Dios quiera que también en el futuro logremos llegar a ser lo que esperamos ser y que el amor de Dios nos ha preparado! Él poco nos exige, pero ahora y siempre hace grandes dones a los que lo aman. Y entonces, llenos de esperanza en él, sufrimos todo y lo soportamos todo con alegría. Tenemos el valor de darle gracias siempre y en todas partes, en la alegría y en el dolor. Convencámonos de que las tribulaciones son instrumento de salvación. Y luego no olvidemos recomendar al Señor nuestras almas y también las de aquellos que nos han precedido en el común viaje hacia la casa paterna.
Oh Señor, tú eres quien has creado todas las cosas, tú quien has modelado mi ser. Tú eres Dios, Padre y guía de todos los hombres. Eres el soberano de la vida y de la muerte. Eres la defensa y la salvación de nuestras almas. Eres tú quien hace todo. Eres tú quien diriges el progreso de todas las cosas, eligiendo los momentos más oportunos y obedeciendo a tu infinita sabiduría y providencia y siempre a través de tu palabra.
Recibe entre tus brazos, oh Señor, a mi hermano mayor que nos ha dejado. A su tiempo recíbenos también a nosotros, después de habernos guiado a lo largo del peregrinaje terrenal hasta la meta por ti establecida. Haz que nos presentemos ante ti bien preparados y serenos, no alterados por el temor, no en estado de enemistad hacia ti, al menos en el último día, el de nuestra partida. Haz que no nos sintamos como arrancados y desarraigados por la fuerza del mundo y de la vida y que no nos pongamos por tanto a regañadientes en camino. Haz en cambio que vengamos serenos y bien dispuestos, como quien parte para la vida feliz que no termina nunca, para esa vida que es en Cristo Jesús, Señor Nuestro, al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de San Gregorio de Nacianzo, obispo