Nuestro Salvador se hizo verdaderamente «cristo» según la carne y al mismo tiempo verdadero rey y verdadero sacerdote. Él es ambas cosas a la vez, porque nada falte al Salvador de lo que tenía como Dios.

Él mismo afirma su dignidad real cuando dice: Me ha ungido rey sobre su santo monte Sión (cf. Sal 2, 6). El Padre, además, atestigua la dignidad sacerdotal del Hijo con las palabras: «Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec» (Sal 109, 4).

En la antigua ley, el primero en ser consagrado sacerdote con el crisma de la unción fue Aarón. Sin embargo, no se dice «según el orden de Aarón», para que no se crea que también el sacerdocio del Salvador le fue conferido por sucesión. El sacerdocio de Aarón se transmitía por vía hereditaria, no así el del Cristo, porque él mismo permanece eternamente sacerdote. Se dice, en efecto: «Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec».

El Salvador, pues, según la carne, es rey y sacerdote. La unción, sin embargo, que él recibió no es material, sino espiritual. En efecto, aquellos que entre los israelitas eran consagrados reyes y sacerdotes con la unción material del aceite, se hacían reyes y sacerdotes, pero no ambas cosas a la vez, sino que cada uno de ellos era o rey o sacerdote. Solo a Cristo compete la perfección y la plenitud en todo, pues había venido a cumplir la ley.

Aunque ninguno de ellos fuera rey y sacerdote a la vez, aquellos que eran consagrados con la unción material, ya fuera reyes o sacerdotes, eran llamados «cristos». El Salvador, en cambio, que es el verdadero Cristo, fue ungido por el Espíritu Santo, para que se cumpliera lo que de él estaba escrito: Por esto «Dios, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría a preferencia de tus compañeros» (Sal 44, 8).

Su unción excede a la de todos sus compañeros porque él ha sido ungido con el óleo de la alegría, que no significa otra cosa que el Espíritu Santo.

Esto es verdad, lo sabemos del mismo Salvador, el cual, tomando el libro de Isaías y habiendo leído en él: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por esto me ha ungido» (Lc 4, 18), proclamó ante aquellos que lo escuchaban que la profecía se había cumplido entonces en su persona.
También Pedro, príncipe de los apóstoles, declara que aquel crisma, del cual el Salvador ha sido manifestado, es el Espíritu Santo, es decir, el mismo poder de Dios, cuando en los Hechos de los Apóstoles, entre otras cosas, dice al centurión Cornelio, hombre lleno de fe y de misericordia: «Comenzando desde Galilea, después del bautismo predicado por Juan, Dios consagró en Espíritu Santo y en poder a Jesús de Nazaret, el cual pasó haciendo bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo» (Hch 10, 37-38).

También Pedro, pues, como has podido darte cuenta, afirma que Jesús hombre ha sido ungido de Espíritu Santo y de poder. Es verdad, por tanto, que el mismo Jesús se ha hecho «cristo» en cuanto hombre, porque con la unción del Espíritu Santo ha sido consagrado rey y sacerdote en la eternidad.

Faustino Luciferiano, sacerdote