En el evangelio de Juan, el Señor dice: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Y en las cartas del mismo apóstol se lee: «Amadísimos, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 7-8).
Se conmuevan, pues, las almas de los fieles, y con sincero examen juzguen los íntimos afectos de su propio corazón. Y si en sus conciencias encontraren algún fruto de caridad, no duden de la presencia de Dios en ellos. Si además desean hallarse más dispuestos a recibir a un huésped tan ilustre, dilaten cada vez más el ámbito de su espíritu con las obras de misericordia.
Porque si Dios es amor, la caridad no debe tener límites, pues la divinidad no puede ser encerrada dentro de ningún límite.
Amadísimos, es cierto que para ejercer el bien de la caridad todo tiempo es apropiado. Sin embargo, estos días lo son de manera especial. Los que desean llegar a la Pascua del Señor con la santidad del alma y del cuerpo, esfuércense al máximo por adquirir aquella virtud en la que están incluidas todas las demás en grado sumo, y de la cual está cubierta la multitud de los pecados. Debemos prepararnos a celebrar el misterio más alto de todos, el misterio de la sangre de Jesucristo que ha borrado nuestras iniquidades; hagámoslo con los sacrificios de la misericordia. Lo que la bondad divina nos ha concedido, demoslo también nosotros a quienes nos han ofendido.
Nuestra generosidad sea más amplia hacia los pobres y los sufrientes, para que se den gracias a Dios por las voces de muchos. El alimento de quien tiene necesidad sea sostenido por nuestros ayunos. Al Señor, en efecto, ninguna otra devoción de los fieles le agrada más que la dirigida a sus pobres, y donde encuentra una misericordia cuidadosa, allí reconoce la señal de su bondad.
No se tenga temor, en estas donaciones, de disminuir los propios bienes, porque la benevolencia misma ya es un gran bien, ni puede faltar el espacio a la generosidad, donde Cristo sacia y es saciado. En todas estas obras interviene aquella mano, que partiendo el pan lo hace crecer y distribuyéndolo a los otros lo multiplica.
El que hace limosna, hágalo con alegría. Esté seguro de que tendrá el máximo lucro, cuando haya conservado para sí el mínimo, como dice el bienaventurado apóstol Pablo: «El que da la semilla al que siembra y el pan para el alimento, dará y multiplicará vuestra semilla, y hará crecer los frutos de vuestra justicia» (2 Cor 9, 10), en Cristo Jesús nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de san León Magno, papa
Se conmuevan, pues, las almas de los fieles, y con sincero examen juzguen los íntimos afectos de su propio corazón. Y si en sus conciencias encontraren algún fruto de caridad, no duden de la presencia de Dios en ellos. Si además desean hallarse más dispuestos a recibir a un huésped tan ilustre, dilaten cada vez más el ámbito de su espíritu con las obras de misericordia.
Porque si Dios es amor, la caridad no debe tener límites, pues la divinidad no puede ser encerrada dentro de ningún límite.
Amadísimos, es cierto que para ejercer el bien de la caridad todo tiempo es apropiado. Sin embargo, estos días lo son de manera especial. Los que desean llegar a la Pascua del Señor con la santidad del alma y del cuerpo, esfuércense al máximo por adquirir aquella virtud en la que están incluidas todas las demás en grado sumo, y de la cual está cubierta la multitud de los pecados. Debemos prepararnos a celebrar el misterio más alto de todos, el misterio de la sangre de Jesucristo que ha borrado nuestras iniquidades; hagámoslo con los sacrificios de la misericordia. Lo que la bondad divina nos ha concedido, demoslo también nosotros a quienes nos han ofendido.
Nuestra generosidad sea más amplia hacia los pobres y los sufrientes, para que se den gracias a Dios por las voces de muchos. El alimento de quien tiene necesidad sea sostenido por nuestros ayunos. Al Señor, en efecto, ninguna otra devoción de los fieles le agrada más que la dirigida a sus pobres, y donde encuentra una misericordia cuidadosa, allí reconoce la señal de su bondad.
No se tenga temor, en estas donaciones, de disminuir los propios bienes, porque la benevolencia misma ya es un gran bien, ni puede faltar el espacio a la generosidad, donde Cristo sacia y es saciado. En todas estas obras interviene aquella mano, que partiendo el pan lo hace crecer y distribuyéndolo a los otros lo multiplica.
El que hace limosna, hágalo con alegría. Esté seguro de que tendrá el máximo lucro, cuando haya conservado para sí el mínimo, como dice el bienaventurado apóstol Pablo: «El que da la semilla al que siembra y el pan para el alimento, dará y multiplicará vuestra semilla, y hará crecer los frutos de vuestra justicia» (2 Cor 9, 10), en Cristo Jesús nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de san León Magno, papa