Salomón había levantado un templo al Señor, seguramente como tipo y figura de la futura Iglesia y del cuerpo del Señor. Por esto Jesús afirma en el evangelio: «Destruid este templo y en tres días lo haré resurgir» (Jn 2, 19). Como pues él había edificado aquel templo, así el verdadero Salomón, el Señor nuestro Jesucristo, el verdadero pacificador, se construyó también él un templo. El nombre de Salomón significa «Pacificador». Ahora el verdadero operador de la paz es aquel de quien habla el Apóstol: «Él es nuestra paz, el que ha hecho de los dos un solo pueblo» (Ef 2, 14). Él es el verdadero pacificador que ha unido en sí las dos paredes que venían de direcciones opuestas, de las cuales él es la piedra angular, tanto del pueblo de los creyentes que venía de la circuncisión, como del pueblo, también de creyentes, que venía de los paganos no circuncisos. De dos pueblos hizo una sola Iglesia, se convirtió en piedra angular para ellos y por eso fue verdaderamente pacificador.
Él es, pues, el verdadero Salomón, mientras Salomón, hijo de David y de la esposa Betsabé, rey de Israel, era la figura de este pacificador. Para que no creas que sea aquel Salomón que edificó la casa a Dios, cuando construyó el templo, la Escritura, indicándote otro Salomón, así comienza el salmo: «Si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los constructores» (Sal 126, 1). El Señor, pues, edifica la casa, el Señor Jesús Cristo edifica su casa. Muchos están empeñados en la construcción. Pero si no es él quien edifica, «en vano se fatigan los constructores».
¿Quiénes son aquellos que trabajan para construir? Todos aquellos que en la Iglesia predicen la palabra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos corremos, todos nos fatigamos, todos ahora construimos. Y antes que nosotros, otros han corrido, se han fatigado, han construido. Pero «si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los constructores». Por eso no faltaron los llamados de los apóstoles que vieron a algunos comportarse mal y en particular resonó la voz de Pablo que dijo: «Vosotros observáis días, meses, estaciones y años! Temo por vosotros que yo me haya fatigado en vano a vuestro respecto» (Gal 4, 10-11). Porque sabía de ser interiormente edificado por el Señor, compadecía a aquellos porque se había fatigado entre ellos sin un resultado proporcionado. Nosotros pues hablamos al exterior, él edifica al interior. Nosotros vemos cómo vosotros escucháis, pero lo que pensáis lo conoce solo aquel que ve vuestros pensamientos. Es él quien construye, amonesta, infunde temor, abre la inteligencia, dirige vuestra mente a la fe. Y sin embargo trabajamos también nosotros como obreros.
Del «Comentario sobre los salmos» de San Agustín, obispo
Él es, pues, el verdadero Salomón, mientras Salomón, hijo de David y de la esposa Betsabé, rey de Israel, era la figura de este pacificador. Para que no creas que sea aquel Salomón que edificó la casa a Dios, cuando construyó el templo, la Escritura, indicándote otro Salomón, así comienza el salmo: «Si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los constructores» (Sal 126, 1). El Señor, pues, edifica la casa, el Señor Jesús Cristo edifica su casa. Muchos están empeñados en la construcción. Pero si no es él quien edifica, «en vano se fatigan los constructores».
¿Quiénes son aquellos que trabajan para construir? Todos aquellos que en la Iglesia predicen la palabra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos corremos, todos nos fatigamos, todos ahora construimos. Y antes que nosotros, otros han corrido, se han fatigado, han construido. Pero «si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los constructores». Por eso no faltaron los llamados de los apóstoles que vieron a algunos comportarse mal y en particular resonó la voz de Pablo que dijo: «Vosotros observáis días, meses, estaciones y años! Temo por vosotros que yo me haya fatigado en vano a vuestro respecto» (Gal 4, 10-11). Porque sabía de ser interiormente edificado por el Señor, compadecía a aquellos porque se había fatigado entre ellos sin un resultado proporcionado. Nosotros pues hablamos al exterior, él edifica al interior. Nosotros vemos cómo vosotros escucháis, pero lo que pensáis lo conoce solo aquel que ve vuestros pensamientos. Es él quien construye, amonesta, infunde temor, abre la inteligencia, dirige vuestra mente a la fe. Y sin embargo trabajamos también nosotros como obreros.
Del «Comentario sobre los salmos» de San Agustín, obispo