Debemos prestar atención, ante todo, a lo que decimos al término de cada oración: Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, mientras que nunca nos servimos de la expresión: Por el Espíritu Santo. La Iglesia no hace esto por casualidad en sus celebraciones, sino en referencia al misterio por el cual el hombre Cristo Jesús se ha hecho mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tm 2, 5), «sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» (Sal 109, 4; cf. He 7, 17). Él, en virtud de su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, no en el que era solo figura de lo verdadero (cf. He 9, 24-25), sino en el mismo cielo, donde está sentado a la derecha del Padre e intercede a nuestro favor.
Contemplando en él la dignidad sacerdotal, el Apóstol dice: «Por medio de él, pues, ofrezcamos siempre a Dios el sacrificio de alabanza, el fruto de los labios que confiesan su nombre» (He 13, 15). Por medio de él, pues, ofrecemos el sacrificio de alabanza y de oración, porque por su muerte hemos sido reconciliados, nosotros que éramos enemigos.
Siempre es por medio de Cristo, hecho víctima por nosotros, que nuestro sacrificio puede ser hallado agradable ante los ojos de Dios. Por eso, el beato Pedro nos exhorta: «También vosotros, como piedras vivas, dejad que seáis edificados como un templo espiritual para ser un sacerdocio santo, que ofrezca sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe 2, 5).
Por eso decimos a Dios Padre: Por Jesucristo, nuestro Señor.
Cuando se hace mención del sacerdote, ¿qué otra cosa se quiere poner de relieve sino el misterio de la encarnación del Señor, por el cual el Hijo de Dios «aunque era de condición divina, se vació de sí mismo tomando condición de siervo», es decir, «se humilló haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 6-8) y se abajó haciéndose «inferior a los ángeles» (He 2, 7), sin perder, sin embargo, la igualdad de la divinidad con el Padre? El Hijo, permaneciendo igual al Padre, se hizo inferior, porque se dignó de hacerse semejante al hombre. Él mismo luego se hizo inferior, cuando se vació de sí mismo tomando la condición de siervo.
La humillación de Cristo, pues, es su mismo anonadamiento; y, sin embargo, su anonadamiento no es otra cosa que revestirse de la condición de siervo. Cristo, pues, permaneciendo Dios, Unigénito de Dios, al cual ofrecemos sacrificios como al Padre, haciéndose siervo se hizo sacerdote y así por medio de él podemos ofrecer una víctima viva, santa, agradable a Dios. Sin embargo, Cristo no habría podido ser ofrecido por nosotros como víctima, si no se hubiera hecho víctima por nosotros. En él nuestra misma naturaleza humana es verdadera víctima de salvación. Cuando, pues, afirmamos que nuestras oraciones son ofrecidas por medio de nuestro Señor, eterno sacerdote, confesamos que en él hay nuestra verdadera carne humana, según afirma el apóstol Pablo: «Todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (He 5, 1).
Cuando en la oración decimos: «tu Hijo» y añadimos «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», damos también relieve a la unidad de naturaleza que él tiene con el Padre y el Espíritu Santo: y con esto proclamamos el mismo Cristo, que ejerce por nosotros el oficio sacerdotal, y que tiene unidad de naturaleza con el Padre y el Espíritu Santo.
De la «Carta» de san Fulgencio de Ruspe, obispo