Jesús ora por nosotros como nuestro sacerdote, ora en nosotros como nuestro cabeza, es orado por nosotros como nuestro Dios

Dios no podía conceder a los hombres un don más grande que este: constituir como su cabeza a su propio Verbo, por medio del cual creó el universo. Nos unió a él como miembros, de modo que él fuera Hijo de Dios e hijo del hombre, único Dios con el Padre, un mismo hombre con los hombres.

En consecuencia, cuando dirigimos a Dios nuestra oración, no debemos separar de él al Hijo, y cuando ora el cuerpo del Hijo, no debe considerarse separado de la cabeza. De este modo, la misma persona, es decir, el único Salvador del cuerpo, el Señor nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, será quien ora por nosotros, ora en nosotros y es orado por nosotros.

Ora por nosotros como nuestro sacerdote, ora en nosotros como nuestro cabeza, es orado por nosotros como nuestro Dios.
Reconozcamos, por tanto, tanto nuestras voces en él, como también su voz en nosotros. Y cuando, especialmente en las profecías, encontramos algo que suena a humillación, en relación con el Señor Jesucristo, y por eso no nos parece digno de Dios, no debemos temer atribuírselo a él, que no dudó en unirse a nosotros, siendo el dueño de toda la creación, porque por medio de él fueron hechas todas las criaturas.
Por eso miramos a su grandeza divina cuando oímos proclamar: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios: todo fue hecho por medio de Él, y sin Él nada fue hecho» (Jn 1, 1-3). En este pasaje nos es dado contemplar la divinidad del Hijo de Dios, tan excelso y sublime que sobrepasa a toda criatura más noble.

En otros pasajes de la Escritura, en cambio, oímos que él gime, ora, da alabanza a Dios. Y bien, nos es difícil atribuirle a él estas palabras. Nuestra mente se resiste a descender inmediatamente de la contemplación de su divinidad a su estado de profunda abajación. Tememos casi ofender a Cristo, si referimos a su humanidad las palabras que él dice. Antes le dirigíamos nuestra súplica, orándole como Dios. Permanecemos, por tanto, perplejos ante esas expresiones y nos vendría en gana cambiarlas. Pero en la Escritura no se encuentra sino lo que le conviene y que no permite falsear su identidad.
Despierte, pues, nuestro ánimo y permanezca firme en su fe. Tenga presente que aquel a quien poco antes contemplaba en su naturaleza de Dios, ha asumido la naturaleza de siervo. Se hizo semejante a los hombres, y «aparecido en forma humana, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 7-8). Además quiso hacer suyas, mientras pendía de la cruz, las palabras del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 1).

Es orado, pues, por su naturaleza divina, ora en la naturaleza de siervo. Encontramos allí al Creador, aquí al que es creado. Él inmutable asume la criatura, que debía ser cambiada, y hace de nosotros con él mismo un solo hombre: cabeza y cuerpo.

Por eso le oramos a él, por medio de él y en él; decimos con él y él dice con nosotros.

Santo Agustín