La alegría de pertenecer a Dios
Serán, por tanto, eliminadas todas las Escrituras, que en la noche de este siglo se encendían para nosotros como lámparas, para que no permaneciéramos en las tinieblas.
Eliminadas todas estas cosas, ya que no tendremos más necesidad de su luz, y desaparecidos también los mismos hombres de Dios, que fueron sus ministros, porque también ellos verán con nosotros esa luz de verdad en toda su claridad, puestos de lado, en fin, todos estos medios auxiliares, ¿qué veremos? ¿De qué se nutrirá nuestra mente? ¿De qué se deleitará nuestra vista? ¿De dónde vendrá esa alegría que ojo no vio, ni oído oyó, ni entró en corazón de hombre? (cf. 1 Cor 2, 9). ¿Qué veremos?
Os conjuro, amad conmigo, corred conmigo firmes en la fe: anhelemos la patria del cielo, suspiremos por la patria de allá; considérenos como simples peregrinos aquí abajo. ¿Qué veremos entonces? Díganoslo ahora el evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). Vienes a la fuente, de la cual te han llegado pocas gotas de rocío. Verás a plena luz esa luz, de la cual solo un rayo, por vías indirectas y oblicuas, ha alcanzado tu corazón, aún envuelto en tinieblas y que aún necesita purificación. Entonces podrás verla, esa luz, y soportar su fulgor.
«Amados, dice el mismo san Juan, ahora somos hijos de Dios, y lo que habemos de ser no se ha manifestado todavía. Pero sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2).
Me doy cuenta de que vuestros afectos se elevan conmigo hacia lo alto; pero «un cuerpo corruptible oprime el alma y la tienda de barro carga la mente con muchos pensamientos» (Sb 9, 15). He aquí que yo estoy a punto de depositar este libro y vosotros de volver cada uno a su casa. Nos encontramos muy bien bajo esta luz común, hemos gozado verdaderamente de ella, hemos exultado verdaderamente: pero, mientras nos separamos unos de otros, cuidemos bien de no separarnos de él.
San Agustín