La paz no es simplemente ausencia de guerra, ni se reduce solamente a hacer estable el equilibrio de las fuerzas opuestas, ni nace de un dominio despótico, sino que se define justamente y propiamente como «obra de la justicia» (Is 32, 17). Es fruto del orden impreso en la sociedad humana por su fundador. Es un bien que debe ser realizado por los hombres que anhelan una justicia cada vez más perfecta.
El bien común del género humano está regulado en su sustancia por la ley eterna, pero, con el paso del tiempo, está sujeto, en cuanto a sus exigencias concretas, a continuos cambios. Por eso, la paz no se adquiere nunca una vez por todas, sino que debe ser construida continuamente. Y ya que, además, la voluntad humana es inestable y, por otra parte, herida por el pecado, la adquisición de la paz requiere el constante dominio de las pasiones de cada uno y la vigilancia de la legítima autoridad.
Sin embargo, esto aún no basta. Una paz así configurada no puede obtenerse en esta tierra si no se asegura el bien de las personas y si los hombres no pueden intercambiarse con toda libertad y confianza las riquezas de su alma y de su ingenio. Para construir la paz, además, son absolutamente necesarias la firme voluntad de respetar a los demás hombres y a los demás pueblos, el empeño de considerar sagrada su dignidad y, por último, la práctica continua de la fraternidad. Así, la paz será fruto también del amor, que va más allá de lo que la justicia por sí sola puede dar.
La paz terrenal, además, que nace del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo que emana de Dios Padre. En efecto, el mismo Hijo de Dios, hecho hombre, príncipe de la paz, por medio de su cruz ha reconciliado a todos los hombres con Dios y, restableciendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo, ha destruido en su carne el odio (cf. Ef 2, 16; Col 1, 20. 22). En la gloria de su resurrección ha difundido en los corazones de los hombres el Espíritu de amor.
Por eso, todos los cristianos están fuertemente llamados a «vivir según la verdad en la caridad» (Ef 4, 15) y a unirse con los hombres verdaderamente amantes de la paz para implorarla y traducirla en acto.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos menos que alabar a aquellos que, renunciando a actos de violencia al reivindicar sus derechos, recurren a aquellos medios de defensa que, por lo demás, están al alcance incluso de los más débiles, siempre que esto pueda hacerse sin lesionar los derechos y los deberes de los demás o de la comunidad.

De la Constitución pastoral «Gaudium et spes» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo