En el tiempo de la venida de nuestro Salvador apareció un templo divino, incomparablemente más glorioso, más espléndido y excelente que el antiguo. En la misma medida en que la religión de Cristo y del Evangelio era superior al culto de la antigua ley, y en la misma medida en que la realidad es superior a su sombra, tanto más noble es el nuevo templo en comparación con el antiguo.
Pienso que se puede añadir otra cosa. El templo era único, el de Jerusalén, y solo el pueblo de Israel ofrecía en él sus sacrificios. Pero después de que el Unigénito se hizo semejante a nosotros, siendo «Dios y Señor, nuestra luz» (Sal 117, 27), como dice la Escritura, el mundo entero se llenó de edificios sagrados y de innumerables adoradores que honran al Dios del universo con sacrificios e incienso espiritual. Y esto, pienso, es lo que Malaquías profetizó de parte de Dios: Yo soy el gran Rey, dice el Señor; grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso y oblación pura (cf. Ml 1, 11).
De esto se deduce que la gloria del último templo, es decir, de la Iglesia, sería mayor. A cuantos trabajan con empeño y esfuerzo en su edificación, el Salvador les dará como don y regalo celestial a Cristo, que es la paz de todos. Entonces, por medio de él, podremos presentarnos al Padre en un solo Espíritu (cf. Ef 2, 18). Él mismo lo declara cuando dice: Daré la paz en este lugar y la paz del alma como premio a cuantos concurran a levantar este templo (cf. Ag 2, 9). Añade: «Os doy mi paz» (Jn 14, 27). Y qué ventaja ofrece esta paz a cuantos lo aman, lo enseña san Pablo diciendo: La paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos (cf. Flp 4, 7). También el sabio Isaías oraba en términos similares: «Señor, nos concederás la paz, porque tú has prosperado todas nuestras obras» (Is 26, 12).
A cuantos han sido dignificados una vez con la paz de Cristo, les es fácil salvar su alma y dirigir la voluntad a cumplir bien lo que exige la virtud.
Por lo tanto, a cualquiera que concurra a la construcción del nuevo templo le promete la paz. Cuantos, pues, se esfuerzan en edificar la Iglesia o que son puestos al frente de la familia de Dios (cf. Ef 2, 22) como mistagogos, es decir, como intérpretes de los misterios sagrados, están seguros de alcanzar la salvación. Pero lo están también aquellos que cuidan del bien de su propia alma, haciéndose piedra viva y espiritual (cf. 1 Cor 10, 4) para el templo santo, y morada de Dios por medio del Espíritu (cf. Ef 2, 22).

Del «Comentario sobre Ageo» de san Cirilo de Alejandría, obispo